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Livestock Guardian Dog |
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PERRO DE GANADO MAJORERO |
RECUPERACIÓN DE LA RAZA
A Finales de 1970, sin medios y apenas conocimientos me decidí por la cría y selección del Perro de Ganado Majorero.
Mi primer perro de Ganado Majorero fue Major, de capa gris. El criador de este perro fue Ramón Sosa Roger, de Fuerteventura. Una vez adulto, Major fue apareado con Colilla, una perra de ganado majorera traída a Tenerife de Gran Canaria -a Gran Canaria había llegado, al parecer, según se me dijo, de Fuerteventura-. De este apareamiento nacieron once cachorros, uno muerto y diez vivos; cuatro eran gris arena, cuatro negros con las patas bardinas, y una hembra bardina. Para la reproducción me reservé un macho gris, al que llamé Major II y una hembra Bardina a la que llamé Bardina. Una vez adultos, en tamaño y fenotipo Major II y Bardina eran muy superiores a sus progenitores, pero en temperamento el padre los aventajaba con mucho. Hay que tener en cuenta que la calidad de Colilla dejaba mucho que desear.
Tras larga reflexión, me decidí a aparear a Major II con Bardina, su hermana de camada. Bardina parió siete cachorros, de los que seleccioné uno para la reproducción, al que llamé Acorán. Este perro era espectacular, gris arena oscuro, grande, fuerte, con mucho hueso, doble dedo flotante en una pata trasera y uno en la otra –debo precisar que en Fuerteventura siempre se ha considerado esta característica como tipicidad racial-. Una vez adulto, Acorán se parecía a un mastín español. Entonces fue cuando empecé a pensar en que el Perro de Ganado Majorero tenía que ser, forzosamente, un descendiente directo de los perros ganaderos españoles traídos a Fuerteventura en las primeras fechas de la conquista de la isla desde España. Claro que sí. Major II, Bardina, Acorán, me recordaban a los actuales perros ganaderos españoles, los mastines. Más pequeños los majoreros, cierto, más activos, una raza distinta, claro está, debido a que nuestro perro se ha criado, seleccionado, evolucionado, a lo largo de casi seiscientos años en Canarias, y el Mastín Español en la Península Ibérica, pero ambas razas descendientes de los perros ganaderos españoles de 1404, que es cuando pudieron ser traídos los primeros a Canarias. Es probable que posteriormente, se trajeran más perros ganaderos de España a Canarias -a aquellas personas que estén interesadas en saber algo más sobre el origen de los perros ganaderos de Fuerteventura les recomiendo que lean mi libro <<El Perro de Presa Canario, su verdadero origen>>; en el apartado “Los perros de los conquistadores y colonos de canarias”, hallarán referencias muy esclarecedoras al respecto-.
Poco tiempo después de obtener mi primera camada de perros de ganado majoreros sentí la imperiosa necesidad de viajar a Fuerteventura para estudiar al can en cuestión en su medio. Con esta intención organicé mi primer viaje a la isla.
Al llegar a Fuerteventura, lo primero que hice fue visitar a Ramón Sosa Roger. El hombre me recibió muy amable, en su casa, y hablamos extensamente de los perros de ganado. A lo largo de toda la conversación, Ramón Sosa se refirió al can que nos ocupa en unos términos que yo no había oído nunca: “Nuestro perro”, “el perro de ganado”, decía, o, “el perro de la tierra”. Luego Ramón Sosa me llevó a Las Playitas para que viera sus perros, y de allí me llevó a ver varios perros por los alrededores en su automóvil. Esta raza se ha acabado -me decía el hombre algo apesadumbrado-, ya no quedan perros como los de antes, créame que es verdad.
Ramón Sosa me dijo que al padre de Major lo mató de un tiro con su carabina de guarda jurado, porque un día se le tiró a su hijo mayor, y otro día a su suegro, cuando fueron a atender el ganado que tenía en Las Playitas. Era un perro muy bravo y no se fiaba de nadie, me dijo Ramón.
Ramón Sosa fue durante muchos años guarda jurado de la parte sur de la isla, y como tal encargado de mantener el orden entre los perros de los ganaderos. Unos pocos años depués, un ganadero me dijo que perro que anduviera suelto por el campo y le gustara Ramón Sosa se lo llevaba a Las Playitas, “por eso ha tenido buenos perros siempre”, afirmó.
En 1984, un amigo de Gran Canaria me llamó por teléfono para informarme de que en Tefía (Fuerteventura) se iba a celebrar una feria de ganado y maquinaria agrícola, en la que se iban a exponer varios perros de la tierra, es decir de ganado.
Yo estaba tumbado en mi cama con todo el cuerpo dolorido. Pocas horas antes una yegua se había empinado y se había echado hacia atrás conmigo encima. Este tipo de caídas con frecuencia son mortales. Yo me salvé de casualidad. Muy maltrecho acudí como pude a la consulta de un cirujano traumatólogo amigo mío. Éste me hizo un par de radiografías de las vértebras, desde las cervicales hasta las lumbares. En las cervicales tienes fisuras múltiples, me dijo, así que vete a casa, acuéstate en la cama y no te muevas durante diez o quince días. Yo, llevado por mi pasión perruna y haciendo caso omiso de las recomendaciones de mi amigo el médico, a primera hora de la mañana siguiente, con mi cámara fotográfica en ristre, tomaba un avión que me iba a llevar a Fuerteventura. Yo apenas podía caminar, iba todo encorvado, me dolían de manera insoportable todos los huesos desde la nuca hasta la cintura. Nunca me habían dolido tanto los huesos. Aquello era terrible. En el aeropuerto de Fuerteventura tomé un taxi que me llevó a Tefía. Cabras, ovejas, vacas, algunos caballos, maquinaria agrícola, y amarrados con cadenas a unas argollas que había fijadas a lo largo de dos paredes de un metro y algo de altura, blancas de cal, había unos quince perros de ganado. Nada de particular, todos de capa bardina, ninguno gris, ninguno con manchas blancas, ninguno negro con patas bardinas. Mi decepción fue grande. Aquellos ejemplares no tenían atractivo racial, se parecían unos a otros sólo por la capa.
Con serias dificultades, medio encorvado, totalmente dolorido de medio cuerpo para arriba, me dediqué a observarlos, uno a uno. Dichos perros habían sido llevados a la feria de ganado y maquinaria agrícola de Tefía como representación de la raza majorera.
Mientras yo miraba a aquellos perros, tres hombres del campo majorero, ganaderos por supuesto, comentaban entre sí algo relacionado con aquellos perros. Los tres hombres eran altos, dos de unos cuarenta años y el otro anciano ya. Yo me acerqué a ellos y les pregunté: ¿Qué les parecen estos perros? El hombre mayor me dijo: Bueno, no son gran cosa. ¿Se parecen a los que usted recuerda de hace cincuenta o más años?, le pregunté de nuevo. No, que va, me contestó, los de aquella época eran distintos, eran más grandes, y eran de otro tipo…, mire, venga para acá, allí hay una perra que se asemeja algo a los perros de antes…, mire esa perra, es distinta a esos otros, y este perro…, son más anchos, más fuertes, y su cabeza es más robusta, y su manera de mirar, ¿se da usted cuenta?, no son como los de antes pero se les parecen.
¿Y cómo llaman ustedes a estos perros aquí en la isla, bardinos?, le pregunté al hombre. Les llamamos bardinos a los que son bardinos, a los otros no, a estos perros aquí les llamamos perros de ganado, o perros de la tierra. Como hacía bastante calor ese día, el hombre mayor dijo, hay que ver el calor que hace, venga que vamos a tomarnos una cerveza.
Mientras nos tomábamos la cerveza el ganadero me dijo que tenía ochenta y tres años y que toda su familia había vivido siempre del ganado, y de la agricultura aunque menos.
Antes perros de ganado tenía casi todo el mundo aquí, en el campo, prosiguió el hombre, y como le dije, bardinos llamábamos a los perros de capa bardina, ¿usted me entiende?, porque los había de distintos colores, mire –me dijo señalando hacia una pequeña construcción rojiza en forma de cubo que había a unos seiscientos metros-, allí vivía… -no recuerdo el nombre de la persona a la que se refirió-, y tenía un perro de ganado verdadero, de raza, amarillo, y los había negros con las patas bardinas, y grises, y bardinos con manchas blancas, lo que pasa es que con el tiempo esta raza de perros se ha ido perdiendo, antes se veían muchos, pero ahora, ya le digo, para ver un perro de ganado que sirva hay que caminar mucho, no digo que no quede alguno, pero ya no es como antes.
Los dos ganaderos de cuarenta y pico de años escuchaban pero no intervenían, a lo sumo decían, sí, claro, es así. Tras despedirme de los tres ganaderos me senté un rato para escribir en mi cuaderno de notas un resumen de la conversación mantenida con aquel ganadero de ochenta y tres años, y para reflexionar…
En Gran Canaria, en donde viví desde mediados de 1971 (poco más o menos) hasta finales de 1975 (también poco más o menos) había oído hablar del perro majorero. Poco, esa es la verdad. Recuerdo que una vez un amigo me dijo que tenía un perro majorero, muy bonito, precioso. Lo tenía en su casa, en la avenida del Doctor Chil. Lo cierto es que en aquellas fechas yo no tenía una idea muy precisa de cómo era, o podía ser, un perro majorero, pero sí aproximada. Mi amigo, a medida que nos acercábamos a su casa, iba perdiendo fuelle, entusiasmo, por la calidad racial de su perro. Decía, bueno, yo no sé si es puro, la verdad es que yo no entiendo de perros, a ver si me entiendes, tú lo ves y me dices qué te parece. Cuando llegamos a su casa, mi amigo me dijo, espera a ver si viene a la puerta y te ladra. Esperamos un momento y el perro no apareció. Entonces mi amigo me dijo, vamos a entrar, es posible que esté arriba en el jardín. Entramos. Pasa, me dijo mi amigo, dónde se habrá metido ese perro, exclamó extrañado. Mientras subíamos unas escaleras que conducían al jardín, en donde podía hallarse el supuesto perro majorero, un perro de mediana estatura, atigrado, orejas levantadas como las de un perro de pastor alemán, vino hacia nosotros muy contento. Este es mi perro, me dijo mi amigo, ¿qué te parece? No es un perro majorero, le contesté decepcionado. Entonces mi amigo, muy serio, ceremonial diría yo, me dijo, mira que me lo imaginaba.
Con frecuencia digo que de religión, de política y de perros casi todo el mundo entiende, o cree que entiende. A lo largo de mi dilatada vida como criador y adiestrador de perros he tratado con multitud de personas, de ambos sexos, que están convencidas de que entienden de perros.
En las siete islas canarias he tratado con no pocas personas que piensan que saben de perros autóctonos, es decir canarios, o al menos esa es la impresión que quieren dar. La mayoría de los habitantes humanos -sobretodo si son jóvenes- de Fuerteventura no son una excepción. Quiero suponer que esta realidad se da poco más o menos en todas partes, que no es algo exclusivo de Canarias quiero decir.
Muchas veces he ido a Fuerteventura para aprender acerca del Perro de Ganado Majorero. Por esta razón a la isla iba pertrechado con cámara fotográfica, bloc de notas, lápiz, y algún dinero por si encontraba algún perro de ganado de mi agrado cuyo propietario estuviera dispuesto a venderme. Así he comprado varios perros, de los que más de cuatro no dieron nada de sí en la reproducción. Así he ido recogiendo en mi bloc de notas todo cuanto los ganaderos de esa isla me han contado acerca de los perros ganaderos que guardaron sus casas y ganados a lo largo de sus vidas.
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PERRO DE GANADO MAJORERO DE FINALES DE LOS 80
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