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Livestock Guardian Dog |
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PERRO DE GANADO MAJORERO |
ADRIÁN EL LUCHADOR
Hace unos trece o catorce años, si no más, fui a Fuerteventura con unos amigos a ver perros de ganado. En estos casos, uno prepara el viaje con mucho entusiasmo, con mucha ilusión –está claro que la ilusión es una especie de espejismo-. El resto de los viajes, anteriores y posteriores a ése, los he hecho sólo. Para ver perros prefiero viajar sólo, porque me concentro mejor en el animal vivo, y en el humano que me cuenta cosas relacionadas con el sujeto motivo (para mí) de estudio, el perro autóctono.
Llegué a Fuerteventura en avión desde Tenerife, acompañado de un amigo. El resto (dos en total) de los amigos viajaron a Fuerteventura desde Gran Canaria. En Fuerteventura otro amigo se sumó a la expedición. En dos automóviles (uno de alquiler) recorrimos buena parte de la isla. Tras dar varis vueltas, y preguntar por los perros de la tierra, fuimos a parar a la casa de Adrián el Luchador –de lucha canaria-. Adrián estaba durmiendo la siesta cuando llegamos. La mujer lo despertó. Adrián apareció en la puerta de su casa somnoliento y recién peinado. Adrián era –me imagino que seguirá siendo- de mediana estatura, delgado y fuerte, de unos cuarenta años. Alguien dijo que para su peso fue un gran luchador. Nada más saludarnos le preguntamos por sus perros, si es que los tenía. Sí, tengo uno –dijo-, pero no es como los de antes. Adrián nos habló de un perro que había regalado, o vendido, hacía tiempo. Era un extraordinario ejemplar –afirmó con orgullo- era grande, de buena raza, muy fuerte, y muy bravo.
Adrián nos contó que unos cuantos años atrás tuvo un perro fuera de lo común, excelente guardián, y muy valiente. Por aquel entonces varios perros asilvestrados (no de ganado) andaban matando ovejas y cabras en la parte de Pozo Negro (sur de la isla). Con su perro y la ayuda de varios amigos fue en busca de los canes. La batida fue difícil, caminar por las laderas volcánicas resultaba agotador.
Pero mi perro acabó con ellos, uno tras otro, dijo Adrián.
Adrián nos llevó a ver perros por los alrededores. Los que vimos carecían de valor. La semana pasada con mi motocicleta pasé cerca de la casa de… (No recuerdo el nombre de la persona aludida) -dijo Adrián mientras tomábamos una cerveza en un pequeño bar en las inmediaciones de Pozo Negro-, y vi dos cachorritas bardinas por allí sueltas, esa gente siempre tuvo buenos perros, vamos a ir a ver si las tienen aún.
Era una casa de campo, en un pequeño huerto cercado con cañas de aproximadamente dos metros de altura un hombre joven pelirrojo con ojos verdes en medio de una nube de polvo roturaba la tierra con un motocultor, un anciano de unos ochenta años salió a nuestro encuentro. Adrián lo saludó, nos presentó, y le preguntó por las cachorras. No, ya se las llevaron, dijo el anciano, no son gran cosa. Entonces yo le pregunté, ¿nadie por aquí tiene un perro que sirva? No –dijo-, antes había muchos, pero ahora ya no quedan, la verdad es que la raza se ha ido perdiendo, no digo que no quede alguno por ahí, que seguro que quedan, pero es que desde hace años no nos ocupamos de los perros, como hacíamos antes, como cuando yo era joven, fíjese usted, en aquellos años en todas las casas de campo había perros de ganado, que es como les hemos llamado siempre aquí, o de la tierra, recuerdo que cuando una perra entraba en calor, como casi nadie los amarraba, se juntaban a su alrededor diez o doce perros de aquellos, y sus peleas eran terribles, y no había quien pudiera acercarse por las inmediaciones porque atacaban a lo que fuera, y eso que estaba prohibido tenerlos sueltos pero nadie hacia caso.
¿Y cómo eran los perros de su juventud?, le pregunté al hombre. Eran grandes, como burros, dijo, pero ya digo, todo ha cambiado, hoy ya no se vive como antes, y claro, si no se atiende, la raza se echa a perder.
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