IREMA CURTO KENNELS

 Livestock Guardian Dog

PERRO DE GANADO MAJORERO

 

OTRO PERRO EXTRAORDINARIO 

   Llegamos, unos amigos y yo, a una casa de cabreros en medio de una especie de desierto pedregoso -Fuerteventura es una isla básicamente seca, pedregosa, y con muchísimas cabras, las mejores cabras del archipiélago. Hace muchos años, un amigo me decía que las cabras de Fuerteventura se alimentan de cualquier cosa, incluso de papeles que los humanos dejan a su paso por dondequiera que van, y producen mucha leche-.Por los alrededores de la casa había cabras, muchas, y baifos (baofo es palabra aborigen y quiere decir cabrito). Una perra de manto bardino oscuro de mediano tamaño estaba  echada a la sombra de una pequeña pared en ruinas, al bajarnos del automóvil se levantó, ladró cuatro o cinco veces, dio unos cuantos pasos hacia nosotros y se volvió a la sombra. En el lado opuesto, en dirección norte,  a unos cien metros de la casa un perro de ganado de pie nos ladraba, tiraba con energía de la cadena con la que estaba atado. Era un perro extraordinario, bardino con tonos rojizos, grande, fuerte, con las orejas plegadas y doble espolón en las patas traseras. Con mi cámara Nicormat le hice varias diapositivas. Por razones que no vienen a cuento dichas diapositivas desaparecieron.

   Era alrededor de mediodía, y viendo que no salía nadie de la casa llamamos a la puerta. Al momento salió una mujer de unos cincuenta años, y detrás de ella un anciano alto, extremadamente flaco, con sombrero de fieltro en la cabeza.

   La mujer no sabía de perros, aunque durante toda su vida los había visto en su casa. Eran los perros de siempre, los perros del país, los que tenían para guardar las cabras, y las ovejas, y para guardar la casa. El anciano alto y flaco tampoco pudo decirnos gran cosa sobre sus perros, eso sí, los habían tenido siempre, como todos los cabreros, como casi todos los campesinos. Nos dijo que los del Cabildo, los encargados de recuperar la raza, hacía un año aproximadamente le habían pedido prestada la perra para sacarle una cría, y que luego se la devolvieron coja. “Ya la ven, ahí está, coja, y encima no me trajeron ningún cachorro. Por aquí que no vuelvan a pedirme ningún perro. Lo que me hicieron no se hace”. ¿La cojera de la perra era debida a una displasia grave que padecía la perra? A esa conclusión llegué yo.

   Como hacía mucho calor, la mujer nos invitó a entrar en la casa. Nos ofreció agua, vino, queso. Aquí es lo que tenemos –dijo como justificándose-.

   Tres años después viajé nuevamente a Fuerteventura, y acordándome del viejo cabrero, de su hija, y de su extraordinario perro de ganado, volví a aquella casa. El anciano había muerto, y el perro también, y la perra. Me embargó cierta angustia, la mujer parecía otra persona, vivía sola, habían vendido las cabras, sus hijos trabajaban en la construcción en la costa, como peones, y no querían saber de cabras. La vida es así, dijo la mujer resignada con  su suerte. Dios lo quiere así, añadió.

   Me despedí de la mujer, me subí en el automóvil y me fui en busca de otro cabrero, en busca de otro perro, y me dieron ganas de llorar, y lloré. El tiempo lo puede todo -hay quien dice que el tiempo es un invento del hombre-, la muerte, la otra cara de la vida.

                                                                                                                             

  

 

 

 

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