|
-
HISTORIAS DE
PRESAS CANARIOS
Pancho
El Rey
-
- En esas fechas (mediados
de la década de los 70) don Pancho de la Paz Hernández,
apodado el Rey, andaba por los ochenta años -nació en
1895-, era de mediana estatura, cara sonrosada, ojos
oscuros muy vivaces, se tocaba con un sombrero (nunca lo
ví sin sombrero) oscuro de fieltro o algo por el estilo,
y se abrigaba con una manta esperancera -variedad de capa
probablemente de origen castellano de lana virgen blanca
con tres o cuatro rayas transversales en la parte baja de
lana de oveja negra-. Cuando llegamos estaba sentado en
un banquito de madera al pie de la puerta de entrada de
su casa; el hombre ya no veía bien a distancia, por eso
al oirnos hizo como suelen hacer los perros viejos,
aguzar la vista como si fuera de noche o estuviera
oscureciendo. Pedro, el hijo de Gabino y doña Carmen,
hizo las presentaciones. Mire, don Pancho, aquí le
traigo a un amigo que quiere hablar con usted, de los
perros de presa. Don Pancho se levantó con dificultad y
me tendió la mano. Sea bien venido, me dijo don Pancho,
esta es su casa, para lo que usted necesite, siéntese,
aquí no se está mal, a mí me gusta sentarme en este
banquito, aquí entre estos árboles, será porque está
uno viejo, los años no respetan, ¿sabe?, cuando yo era
joven no me paraba, siempre estaba haciendo algo, para
mantener a la familia, que yo he tenido muchos hijos que
alimentar. Don Pancho, le cortó Pedro, que el señor ha
venido para que le cuente historias sobre los perros de
presa que usted tuvo, nosotros le hemos dicho que usted
tuvo muy buenos perros de presa. Sí, dijo don Pancho con
cara de satisfacción, no fueron malos, aunque, claro,
los habría mejores, no digo que no, tuve uno blanco,
¡buen perro, sí señor!, le llamábamos Teide, y era de
la tierra de verdad, y el León, que era achocolatado, y
el Santiago, que era coloradito, ya hoy no quedan perros
de esos, en fin, el tiempo pasa y todo se va perdiendo.
Para no cansar a don Pancho con nuestra visita, a la
media hora de estar conversando con él nos despedimos.
Venga cuando quiera, me dijo el hombre, que aquí me
encontrará siempre, a no ser que me muera antes.
Al poco tiempo compré una finca en el Camino Guillén
-en donde vivo desde entonces-, frente a la de Pancho el
Rey. Casualidades de la vida. Y de vez en cuando don
Pancho le decía a alguno de mis hijos, en aquellos años
niños, dígale a su padre que venga a visitarme cuando
quiera, que hablaremos de perros de presa, de cómo los
enseñaba yo, a la antigua usanza. Así, cuando mis
ocupaciones me lo permitían, iba a tomar café a casa de
Pancho el Rey, quien se ponía muy contento de poder
hablar de su pasado y de sus perros. Por ese entonces me
contaron una anécdota sobre su persona -que ya publiqué
hace años- que hizo que el personaje me resultase más
entrañable si cabe. En el pasado, don Pancho ernseñaba
perros de presa, y a veces sin cobrar, por afición,
decía él que lo hacía. En cierta ocasión un abogado
de La Laguna le llevó un perro para que se lo enseñara,
y para que lo alimentara de vez en cuando le llevaba una
talega de gofio -harina de trigo tostado-, pero viendo el
abogado que el perro estaba cada vez más flaco, le dijo:
"Mire, don Pancho, que el perro está flaco".
Don Pancho miró socarronamente al abogado y le
contestó: "No, el perro sí come, lo que pasa es
que se ha tomado las clases muy a pecho".
Eran los años de postguerra y el hambre acuciaba a todas
las familias españolas de poca economía, Pancho el Rey
tenía, además, família muy numerosa.
Una tarde don Pancho me mandó recado para que fuera a
tomar café con él. Al llegar yo el hombre estaba
sentado en su banquito de madera. Muy cerca de él
estaban los perros Moro y Deny. Moro era un perro negro
con patas bardinas, hijo de un Mastín Español y de una
perra de presa; Deny era hijo del Moro y de una perra sin
raza medio alobada de capa bardina. Ambos perros eran
soberbios. A este tipo de perros les llamamos bastos, me
dijo don Pancho, y no son malos, no se crea, son perros
que sirven para las necesidades del campo, para guardar,
para defender, para el ganado basto. En un momento dado,
don Pancho le dijo a su hijo Enrique, vete a la cuadra de
las vacas y da un par de palos en el dornajo -dornajo es
el comedero de las vacas hecho de un tronco vaciado de un
pino canario. Enrique se encaminó a la cuadra de las
vacas, los perros siguieron echados allí, cerca de
nosotros. Pancho el Rey siguió hablándome de sus
perros, no sé si para distraerme, lo cierto es que yo me
olvidé de la misión que iba a cumplir Enrique. En un
momento dado sonaron dos estruendosos golpes en el
establo de las vacas, que distaría de nosotros unos
veinte pasos. Yo me sorprendí. Los perros se levantaron
como impulsados por un resorte y ráudos se fueron hacia
la entrada de la cuadra, acto seguido se oyeron unas
voces de conciliación, era Enrique que tranquilizaba a
los perros que ladraban desaforadamente como si quisieran
comerse a alguien. Acto seguido, Enrique salió del
establo con los perros rodeándole, ¡vale, vale, que soy
yo!, les decía, ¿vaya con estos perros, que casi me
muerden!
A los perros hay que enseñarles a defender su propia
casa, me decía don Pancho, y los ladrones pueden haberse
metido dentro por cualquier sitio, por eso los perros
tienen que acudir a cualquier ruido extraño y atacar.
Mire, venga, que le voy a enseñar una cosa, me dijo don
Pancho, levantándose de su banquito de madera, venga
para acá, verá. Yo seguí los pasos de don Pancho, que
se adentró en el establo de las vacas. Entrando a la
izquierda estaba el dornajo con cuatro o cinco vacas de
color rojo atadas a él con gruesas cadenas, a la derecha
había un espacio grande para almacenar el heno, y poco
más o menos el centro había un viejo banco de
carpintero. Mire, ¿sabe qué es eso?, un banco de
carpintero, era de un carpintero amigo mío, que cuando
se jubiló no sabiendo qué hacer con él me lo regaló,
siempre le he tenido un cariñó muy especial a ese
banco, por eso está ahí, bien, pues fíjese, yo
enseñaba a los perros de presa a morden en ese banco,
¿qué le parece?, y usted dirá que cómo, pues mire,
con sacos de arpillera hice un muñeco del tamaño de un
hombre, con cabeza, brazos piernas, todo, y hasta le puse
un sombrero, y lo llené de paja, y con él enseñaba los
perros a morder, lo tenía colgado de esa viga, medio
metro por encima del banco, y en las piernas, que cosía
y descosía a mi gusto, le metía carne de cochino, y
dándole al muñeco con un palo le decía al perro,
¡pega perro, pega perro, pega perro!, y así hasta que
el perro entendía, y una vez que el perro aprendía
mordía las piernas nada más decirle ¡pega perro!, al
mismo tiempo que le daba al muñeco con el palo, sí, el
animal se subía de un brinco al banco ese y atacaba al
hombre de saco como una fiera, hasta que lo despedazaba y
se comía la carne de cochino, esa era su comida, luego,
basta que uno le dijera al perro, ¡pega perro!, para que
el perro mordiera lo que fuera, una col, un árbol, una
vaca, o a una persona si hubiera hecho falta.
Don Pancho siempre decía que el perro que no lleva
collar es como si no tuviera amo. Yo siempre he llevado
los perros sueltos, presumía don Pancho, para eso los
enseñaba, y siempre iban al pie mio, o junto a la
carreta, si iba yo con la carreta y las vacas, y si me
encontraba con algún amigo que iba acompañado de un
perro, mi perro no iba al encuentro del otro, ni a olerlo
ni a nada, y si el otro iba hacia el mío, éste
retrocedía, y si el otro quería pelea, el mío rehusaba
la pelea, porque un perro bien enseñado no toma la
iniciativa, ésta la toma su amo, que para algo es el
dueño del perro, esos perros que van por ahí al
encuentro de todo el mundo no sirven para nada, y por su
comportamiento se ve que sus dueños no saben tener un
perro, y al que no sabe tener un perro yo le digo que no
tenga perro, y menos de presa.
Para don Pancho, tener un perro de presa no era un juego,
era algo serio, y había que tenerlo bien enseñado.
Porque el perro sin enseñar no sirve par nada, decía,
en cambio si está enseñado sirve para todo, un perro
bien enseñado es de mucha ayuda, y le puede sacar a uno
de muchos apuros, ¿comprende usted?
Don Pancho murió hace unos cuantos años, el tiempo no
perdona, solía decir. Moro y Deny murieron también.
Enrique (soltero), su hijo, que sigue viviendo en la
misma casa con una hermana soltera, tiene un perro basto
sin calidad alguna que le sigue a todas partes, y atados
con cadenas tiene otros cuatro o cinco, uno de ellos de
presa, que le regaló su sobrino Ricardo. Ricardo es
nieto de Pancho el Rey, hijo de Ricardo. Ricardo no
salió perrero. Enrique no sabe enseñar un perro, me
dijo en cierta ocasión Pancho el Rey, le gustan los
perros pero no tiene gusto para enseñarlos. Ricardo, el
nieto de don Pancho (que en paz descanse y en la Gloria
esté) ha tenido varios perros de presa en estos últimos
años, pero no ha quedado contento con ninguno de ellos,
se los compró a los chicos del club, dice, pero nada,
ninguno ha servido. Ricardo ha venido unos días a
aprender el oficio de figurante, le gusta el trabajo,
pero..., trabaja más horas de la cuenta, tiene novia, se
quiere casar, tiene que hacer casa, anda reuniéndose de
vez en cuando con el arquitecto, que le va a cobrar unos
dos millones de pesetas por los planos, la dirección de
obra, aparejador incluído, etc., etc., en fin, que esta
vida no es como la de antes, en cierto modo se vive
mejor, sí, pero no se es nadie, don Manuel, me dice
Ricardo, un empleo no es más que un empleo, un sueldo da
para poco, la novia de Ricardo trabaja tambien, lo cual
quiere decir que entre los dos podrán pagar al
arquitecto, y la casa la harán con un préstamo con
hipoteca, luego, vaya a saber usted cuándo podrán tener
hijos, porque la vida es muy complicada hoy, en fin.
Ricardo quiere que le venda un perro de presa, eso lo
tiene claro, cuando esté en la casa, que no ha empezado
a hacer. Ricardo tiene afición y cualidades para
perrero, pero...
Publicado en Canidapresa Magazine, marzo-abril 2001

Presas Canarios jugando a cazar
-
|