El Perro de Presa Canario Guanche - Irema Curto Kennels
1990
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El Perro de Presa Canario Guanche

    Hace unos treinta años me trajeron un perro de presa canario de dos años de edad para que lo adiestrara. Su propietario era un hombre de unos sesenta y cinco años, de mediana estatura, grueso, de cabeza totalmente afeitada, farmacéutico de profesión, amable, muy educado, propietario de una finca en Güimar (sur de Tenerife).

    El hombre estaba harto de que le robaran en la finca, y por eso quería educar al perro, para que guardara y defendiera su territorio de los ladrones, <<además, porque es muy bruto y no podemos con él, no hace caso, y por miedo a que le haga daño a alguien lo tenemos siempre atado>>. Guanche era muy desconfiado y no aceptaba trato con extraños, sólo con el encargado de la finca y con su amo. En realidad con quien mejor se entendía era con el encargado, con el que convivía la mayor parte del tiempo; al farmacéutico lo veía a ratos, pero no todos los días, pues trabajo tenía con su farmacia y los análisis clínicos.

    Tras observar detenidamente al perro, sin acercarme a él, porque no me aceptaba, le dije al encargado que lo metiera en un canil, que ya vería yo qué podía hacer con él. Guanche llevaba un ancho y grueso collar de cuero, clabeteado, de los que se fabrican en serie, más una gruesa cadena para atarlo, o conducirlo de un lado a otro; cuando el encargado lo bajó del vehículo, no podía con él, y se vino hacia mí como una fiera, como pudo lo paró y lo metió en el canil. ¡Casi lo engancha!, me dijo el hombre. El farmacéutico estaba nervioso, la cara se le puso roja, y dijo, mejor nos lo llevamos, no vaya a ser que  desgracie al hombre. Cuando Guanche se vio entre rejas, y yo me acerqué a él, me rugía como un león. Era imponente, compacto de delante atrás, de mediana estatura, bien aplomado, de extremidades robustas, de cabeza proporcionada, de mediano volumen, ojos grandes, depresión naso-frontal, o stop, apenas perceptible, como debe ser, y el canal frontal abierto. Qué pena que no sea mío, pensé, en eso que el farmacéutico me dijo, ¿podrá con él, no será mejor que nos lo llevemos?  Me agaché cerca de la puerta del canil para que Guanche me oliera, y le hablé en tono conciliador, me acerqué un poco más y se vino hacia mí y mordió los hierros de la puerta, sin moverme seguí hablándole en tono cariñoso, sin levantarme, unos cinco minutos, pero nada, los ojos de Guanche, fijos en mí, me desafiaban, no quería amistad conmigo. Me levanté, me di la vuelta y le dije al farmacéutico que podían irse, y que volvieran dentro de un mes. El hombre me dijo si no quería cobrar la mitad del adiestramiento – siempre cobro el cincuenta por ciento cuando me traen el perro y el otro cincuenta a los dos meses cuando  lo entrego (de los cuarenta días de adiestramiento hasta los sesenta el propietario debe venir a practicar con su perro diez sesiones de una hora)-. Sí, pase a la oficina, que le hago un recibo.

     Guanche se había criado suelto en la finca del farmacéutico, a su libre albedrío, silvestre, y como era muy temperamental le cogieron miedo, hasta tal extremo que en más de una ocasión les tentó la idea de regalárselo a alguien. Pero afortunadamente para el perro, para el farmacéutico y para mí, alguien le recomendó al encargado de la finca que me lo trajera a adiestrar.

     Cuando el farmacéutico y su encargado se marcharon, previa reflexión, fui a hablar con Guanche. Yo a los perros y a los caballos les hablo como si de personas se tratara, y entablo un diálogo con ellos. Mientras les hablo los observo atentamente, sus movimientos, sus miradas.

    Guanche no me miraba, me fulminaba con su mirada de enemigo convencido. Yo sentado en una silla frente a su puerta le hablaba, él me ladraba, seguro de sí mismo, con la cabeza pegada a los barrotes de la puerta, como queriéndome atacar, salpicándome la ropa con su baba. Así unos diez minutos. No hubo diálogo.

     Al día siguiente, temprano como de costumbre (ocho de la mañana) me dispuse a dar de comer a  los perros, para luego limpiar las perreras. Cuando llegué a su perrera, Guanche me estaba esperando, con la misma actitud del día anterior, cogí la silla y me senté frente a su puerta, muy cerca. Guanche no quería amistad conmigo, me gruñía, me ladraba desaforadamente, como si yo fuera su peor enemigo, y mordía los barrotes de la puerta, ya que no podía morderme a mí. Simulé que abría la puerta y el animal se tiró contra ella con la boca abierta y la mirada (terrorífica) puesta en mi mirada. Apenas me separé y lo intenté otra vez, pero sin mirarle de frente. Nada, Guanche no estaba por la labor. Se quedó sin comida y sin agua, y con la perrera sin limpiar. Al día siguiente la misma historia. Yo, sentado en mi silla, pegado a la puerta. Ladridos, gruñidos, miradas firmes, desafiantes. A los dos días lo mismo. A los tres días la misma escena. Diez minutos. Guanche insobornable. Cuarto día, nuevo intento de diálogo con Guanche, el mismo comportamiento, pero al cabo de varios minutos noté en su mirada la luz de la inteligencia. Buen síntoma. Seguí hablando con él como si de un amigo de toda la vida se tratara, y noté en su rabo una oscilación de un lado a otro, apenas perceptible, pero real. No obstante no me dejó entrar en su habitáculo. Una vez más se quedó sin beber, sin comer,  y con los excrementos de los días anteriores sin limpiar. Quinto día, la misma actividad, agua, comida, limpieza, y vuelta  a conquistar la voluntad de Guanche. Aproximé la silla a la puerta de su canil, y amablemente me puse a hablar con él. ¿De qué le hablaba?, del tiempo, de mis gustos, de mis aficiones, de mis problemas de toda índole, de lo poco que sabemos de la naturaleza toda, de nosotros mismos, de lo compleja y complicada que es nuestra sociedad. Y, poco a poco, Guanche fue mudando de actitud, osciló el rabo de un lado a otro re4ite4radamente, a la vez que me miraba con cierta dulzura en los ojos. Ya está, pensé, ya empieza nuestro diálogo, de tú a tú, nuestra amistad. Me levanté de la silla, despacio, hablándole, le acerqué la mano derecha para que la oliera, cogí un cubo con agua que tenía cerca, abrí con sumo cuidado la puerta del canil (con el cubo per delante, por si acaso tenía que defenderme) y entré sin más. Guanche pareció algo sorprendido, se distanció un paso, movió el rabo en tono amistoso, quiso pasar por detrás de mí, pero yo pegándome de espaldas a la pared, con el cubo por delante, no lo dejé, acto seguido dejé el cubo en el suelo, y se puso a beber. Salí despacio, eché mano de una correa de metro y medio con mosquetón que habitualmente uso para adiestrar, volví a entrar , trabé con el mosquetón la argolla de su collar y lo saqué de paseo. El pobre animal no sabía caminar al pie, tiraba para librarse de mi control; lo dejé que fuera por delante todo lo que daba la correa, que olfateara, que meara donde quisiera. Dimos un paseo de unos quince minutos y regresamos al canil, que limpié, con mucho cuidado, con él dentro, luego salí y fui en busca de su comida, a la vuelta me estaba esperando, entré con el comedero y se lo dejé en el suelo (su contenido, carne cruda y pienso de calidad para perros adultos). Mientras  él comía yo estaba de pie, a un paso de distancia, observándolo. De vez en cuando, mientras comía, Guanche, sin levantar la cabeza, me miraba de lado.

    A los dos meses, previo manejo, el farmacéutico se llevó  su perro a su finca de Güimar, obediente, disciplinado, bajo control.

    Guanche fue el mejor  perro de presa (ajeno) que he adiestrado. Inteligente, atento, de fácil comprensión, equilibrado, valiente en la defensa, en  el ataque, decidido en la persecución, con un instinto de guarda extraordinario. Yo quisiera que todos mis perros tuvieran esas cualidades.

    ¿De dónde procedía Guanche, que origen tenía, dónde nació? Nunca lo supe. Si fuera ahora no pararía hasta localizar a su criador. A veces  he pensado que podría descender, en parte, de mis perros, tenía un algo que me los recordaba, además, en aquellos años no eran muchos los que criaban perros de presa. No sé. Era bardino calzado de blanco, sus ojos eran grandes (ya lo he dicho), y tenía un ligero prognatismo. En su conjunto recordaba a los cruces de Bulldog Inglés, en la tercera o cuarta generación. Yo crucé Guama de Irema Curtó (hija de Tamay de Irema Curtó x Felo) con Gruñón, Bulldog Inglés importado de Sudáfrica, propiedad de Tayo (Tacoronte, norte de Tenerife). Gruñón no era el típico Bulldog Inglés que se cría hoy, era fuerte, dinámico, con buenas caderas, temperamental, capaz de cubrir a una perra de presa de sesenta o más centímetros a la cruz, si se la ponía a su altura. Así cubrió Gruñón a Guama, en una escalera. La perra a bajo y Grunón tres escalones más arriba. De ese cruce me quedé un cachorro,  al que puse de nombre Tinguaro, con el que crié posteriormente. Los hermanos de Tinguaro fueron vendidos, uno se lo llevaron a Venezuela, otro se lo vendí a un amigo mío de  La Orotava (Tenerife), otro, Campeón de Irema Curtó, que no recuerdo a quién se lo regalé, o vendí, fue a parar a manos de un criador socio del Club Español del  Perro de Presa Canario,  Teguise de Irema Curtó, que se la regalé a otro socio del referido club, que con el tiempo llegó a presidente del mismo.

Manuel Curtó Gracia

Tenerife, 1 de febrero de 2015