Efectivamente, dicho así puede sonarle muy fuerte a quien no esté al corriente de cuanto acontece hoy con el llamado Perro de Presa Canario.

En Canarias fue famoso el perro de presa de la tierra. Sus características raciales, hoy muy poco conocidas, su carácter, su fuerte temperamento, su capacidad para la lucha, su resistencia, lo hicieron muy popular, y era muy estimado por los campesinos isleños, y por los carniceros, quienes los utilizaban como auxiliar en el sacrificio de las reses vacunas, de la misma manera que se hacía en la España peninsular.

Veamos qué se lee en el Acuerdo del Cabildo de Tenerife de fecha 5 de febrero de 1516: «Sobre los grandes daños que los perros hacen a los ganaderos, mayores y menores, y los tales perros los tienen pegueros (los que fabricaban la pez), almocrebes (arrieros), y otras personas de mal vivir, que los llevan con ellos a montar y tomar lo ajeno y otros que no estaban en manos de sus dueños, y otros que se hacían salvajes, de manera que eran peores que lobos, por lo cual mandaron que, en tercero día, todos los que tengan perros los maten, pero que esta ordenanza no se entienda contra los carniceros que tuvieren por oficio de tajar y pesar carne, que cada uno de ellos tenga dos perros para el servicio de las carnicerías, teniéndolos atados de noche y de dia y solamente los desaten para prender las reses. Otrosí, porque queden perros para matar los salvajes, se permite que estos dos perros queden, por ser amaestrados, como se ha visto por experiencia en Adexe y Abona (Sur de Tenerife), donde los tiene Pedro de Lugo, regidor, siempre que no vengan a poblado».

Está claro que no fueron los ingleses los que introdujeron los perros de presa en Canarias, como alguien pretende, y yo lo creí también hace algún tiempo. Los perros de los ingleses fueron traídos a Canarias por los turistas ya muy avanzado nuestro siglo. Es posible que los primeros vinieran con sus dueños el pasado siglo (XIX) cuando éstos formaron pequeñas colonias estables en Las Palmas de Gran Canaria y Tenerife, pero no hay constancia de que así fuera, y si los trajeron, debido a su escaso número, no afectaron el tipo racial de los perros isleños, de ahí que los campesinos canarios establecieran, y establezcan aún hoy, una linde entre los perros de presa de la tierra, los tradicionales, y los bulldogs, los bullmastiffs, los bullterriers, los mastiffs.

Muy conocidos fueron allende nuestras fronteras los perros de presa españoles de la época. Toro fue uno de los muchos perros de presa que los ingleses importaron para recuperar, o reconstruir, y mejorar la raza Bulldog en el año 1873. Este ejemplar de presa español pesaba 41 kilogramos, medía 56 centímetros a la cruz y era de manto bardino. Pensar que los perros de presa se los debamos a los ingleses es un error producto de la falta de información. Me sorprende sobremanera pues que un veterinario aficionado a las razas caninas y a las letras se haya descolgado, hace tan sólo algunas semanas, con un artículo en el que repite lo escrito por mí hace ya bastantes años, a saber, que los perros de presa y la afición a las peleas vinieron a Canarias de mano de los ingleses, encabezando el escrito con dos fotografías (de dos perros que nada tienen que ver con los presas del pasado, cedidas por el Club del Perro de Presa Canario). La hembra, bardina clara, si no estoy equivocado es hija de una perra mitad Bulldog, producto de un cruce realizado por mí, y regalada por mí en otro tiempo a Manuel Martín Bethencourt. El macho,  completamente  distinto (aparentemente), quizá porque en su herencia genética constan razas en parte o en su totalidad distintas, el macho, digo, en cambio no guarda relación, desde el punto de vista del prototipo, con la hembra, ni, por supuesto, con la raza Presa Canario tradicional –luego se me ha informado de que ambos perros son hermanos, hijos de Campeón de Irema Curtó, quien a su vez es hijo de Gruñón (Bulldog Inglés de pura raza), y Guama de Irema Curtó; Campeón es hermano de camada de Teguise de Irema Curtó–. Con la parcelación política y económica de España (la España de las autonomías) ha nacido, como por generación espontánea, un deseo imperioso de defender todo lo autóctono, sentimiento éste muy comprensible y sano, porque, ¿quién no ama lo propio, lo más cercano? Claro que en algunos casos se hace con verdadero conocimiento de causa y en otros no. Y por aquello de que lo más fácil, cómodo, y quizá rentable, es hablar de oído, pues allá va año tras año aquello de que los ingleses trajeron a las islas sus perros de presa y la afición a las peleas.

Ha habido quien ha escrito que los perros de presa, los perros de ganado majoreros y los podencos canarios descienden de los perros prehispánicos, y han tenido la osadía, o desfachatez, de presentarse a un simposio de razas caninas españolas (el que se celebró en Córdoba en 1982) a exponer y defender semejante tesis (buena contribución para pasar a la historia).

Así, pues, como era de esperar, con la moda de las autonomías nació, o renació, el interés por los perros autóctonos. Y como el perro de presa de la tierra estaba prácticamente expirando (como raza) surgió la necesidad de recuperarlo a costa de lo que fuera. Y, cosa natural en estos casos, se intentó reconstruir, más que recuperar. ¿Cómo?, pues echando mano de otras razas afines (?), o más afines al Perro de Presa Canario. ¿Pero cómo se hizo, o se está haciendo? Pues de la peor de las maneras y con intereses económicos de por medio. Y estos intereses se anteponen, claro está, al bien de la raza que se pretende, en teoría de barra de bar, recuperar, o reconstruir. ¿Y cómo es esto? Pues vamos a decirlo claro y sin rodeos, para que todos nos enteremos y entendamos. Llegan unos aparentemente bien intencionados, y se dicen, unos a otros, vamos a trabajar por la raza aunando nuestros esfuerzos y conocimientos (?), y para que no haya dudas respecto de nuestras buenas intenciones el primer paso a dar será la creación del Club Español del Perro de Presa Canario. Y se funda el club deseado. Luego vienen los socios, y a continuación lo realmente importante: las exposiciones caninas oficiales (todo ello se fragua en Tenerife, más concretamente en La Laguna, Ciudad del Adelantado, para más inri). Pero no hay perros de presa canarios. Existen, sí, algunos perros producto de diversos cruces llevados a cabo sin conocimiento alguno ni control de calidad cualificado. Varias razas entran a conformar eso que no llegará a ser más que un revuelto (desde el punto de vista genético) cajón de sastre, en el que meterán mano todos según sus preferencias. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que todos se dan cuenta (de golpe) de que todos vienen, o descienden, de familia de perreros, en cuyas casas hubo algún histórico campeón de las peleas. Y discuten, y planifican, y pronostican un feliz futuro al Perro de Presa Canario, del que se hablará en todo el mundo. Y beben wisky, quién sabe si para celebrarlo a priori. Y todos, o una buena mayoría, no piensan más que en el sobresueldo que van a ganar con la venta de las camadas de esos perros que llaman, y anuncian de mil maneras (cuanto más llamen la atención mejor), perros de presa canarios, añadiendo algunas veces, entre paréntesis, para que mejor comprenda la gente, “berdinos”, cuando berdino no significa raza sino color, palabra ésta que se deriva de bardino, antigua palabra castellana, que significa perro o res manchados, mezcla de pelo blanco  y negro (ver diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, de J. Corominas y J.A. Pascual).

Y como la mayoría de los ciudadanos no están muy puestos en esto de las razas caninas canarias, sean autóctonos o no, a pesar de los muchos entendidos con los que cuenta la raza Presa Canario (?), pues pican, seducidos por los anuncios que aparecen en los diarios, y compran. Y lo lamentable es que con la fundación del Club de la Raza se ha legalizado toda esta actividad fraudulenta. Y más lamentable aún es que la Sociedad Central Canina Española, a través de “sus competentes jueces” (que juzgan la raza), aunque no juzguen, por no estar aún reconocida, por falta de conocimientos e información al respecto avalan también, en cierto modo, todo este comercio, toda esta trama. Sin ir más lejos, puedo afirmar que un destacado miembro del club que nos interesa, o el club a través de esa persona (que no se sabe) hace pocas semanas compró, con el objeto de cruzar, una perra Bullmastiff en Las Palmas; y que otro miembro (destacado) del mismo club obtuvo el producto (una camada) de cruce de Bullmastiff en segunda generación hace pocos meses. ¿Es esto criticable? No, por supuesto que no. Cada cual puede cruzar con lo que le dé la gana. Lo que no se puede hacer es pertenecer al Club del Perro de Presa Canario y hablar, de puertas a fuera, de sus famosos y tradicionales perros de presa canarios cuando con lo único que cuentan es con unos productos cruzados en primera o segunda generación, y que además se venden (los venden) a buen precio, a personas que se acogen a la credibilidad que les merece (por estar oficialmente reconocido) el referido club. Así podemos ver individuos caninos, supuestamente de raza, con un veinticinco por ciento de Bulldog Inglés, otro veinticinco por ciento de Dogo Alemán, otro veinticinco por ciento de Boxer,  y el resto, las más de las veces, nadie sabe qué. Otros individuos caninos (de presa) en cambio son producto de cruce con Dogo Alemán, Bullmastiff, Mastín Napolitano, y no se sabe qué.

¿Me comprendes, lector? Y no vamos a seguir, porque esto sería interminable.

Entonces, ¿qué es lo que hay que hacer, olvidarse de “la raza”? No, eso nunca. Olvidarse del Perro de Presa Canario sería abandonar un hermoso proyecto, sí, porque la verdad es que en estos momentos el Perro de Presa Canario no es más que un proyecto en vías de gestación, lo mismo que lo fueron en otro tiempo otras razas en otros lugares. Así, pues, si hay que cruzar se cruza, y se cría, y se selecciona. Pero cuidado, que no nos pierda la ignorancia, las ganas de figurar y el deseo de ganar dinero a costa del todavía no existente Perro de Presa Canario.

Hay que trabajar la raza, hay que fijar en ella, para que se pueda considerar raza, unos caracteres genéticos que la definan. Si no hay constante genética no hay raza. Lograr el tipo racial, en el caso que nos ocupa, no va a ser fácil. No se puede trabajar con semejante diversidad de cruces al mismo tiempo. Ni podemos recrear un perro de presa distinto en cada isla, y jamás un perro de presa distinto del tradicional.

Eso del Club Español del Perro de Presa Canario suena muy bonito, está muy bien, ¿pero responde a la realidad? Los niños, porque son niños, tienden a emprender juegos a cada instante, y los abandonan también al instante, sin preocuparse más de ellos. ¿Podemos los adultos proceder de la misma manera? Qué pena que los poquitos perros que quedaban de la antigua estirpe no hayan sido atendidos en la medida que se merecían. Han sido cruzados sus productos, cuando los hubo, sin conocimientos en la mayor parte de los casos, y pasaron de ser presas canarios a diluirse en la masa genética de los otros tipos caninos ajenos a él, de tal manera que en nuestros días son irreconocibles. Hoy los presas canarios (los supuestos presas canarios, los que nos presentan como tales) son todo menos el presa tradicional, el llamado de la tierra, el descendiente directo del antiguo Perro de Presa Español.

Publicado por el autor en El Día el 24 de marzo de 1985.