El perro en el mito y en el culto de los Guanches

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En su Historia de la Conquista de las Siete Islas de Gran Canaria, edición de 1632, pag. 103, Fray Juan Abreu de Galindo nos relata que a los habitantes de Canaria y La Palma se les aparecía el demonio muchas veces de noche y de día «como grandes perros lanudos, y en otras figuras a los cuales llamaban Tibisenas» (en Canaria), e «Irnene» (en La Palma). No es menester decir que es del todo imposible conocer la procedencia de ese espíritu demoníaco. Sabido es que los mitos, las creencias, los demonios, los dioses, son productos culturales. Y está claro que este perro grande y lanudo (irreal) pudo existir en el país de donde procedían los naturales de Gran Canaria y La Palma. ¿Pero existieron estos perros en las islas canarias antes de la arribada de los europeos a ellas? Me inclino a pensar que no. Hoy en La Palma un puñado de aficionados cría unos perros de abundante pelo tirando a largo y lacio a los que llaman garafianos. Éstos, claro está, nada tienen que ver con aquellos perros grandes y lanudos demoníacos. Éstos canes son el producto de apareamientos, llevado a cabo recientemente, entre Collie y perros mestizos del lugar con algo remoto de Pastor Alemán.

En el libro Los Guanches, de Luís Diego Cuscoy, pag. 108, leemos, «En Trenerife aunque no conocemos la existencia del perro en relación con el mito, es animal que está presente en el culto de los muertos. No hay ningún cronista ni otra fuente antigua que se refiera al papel del perro en los ritos funerarios guanches. La excavación arqueológica ha revelado la presencia del perro junto al muerto, probablemente el amo. Representaría el papel del animal guía del alma hacia la región de los muertos. Es posible, casi seguro, que el animal sería sacrificado al mismo tiempo de la muerte del amo. El hallazgo del perro junto al amo lo hemos verificado en varias cuevas sepulcrales de Tenerife, pero ha sido en la necrópolis del Llano de Maja donde junto al cadáver del pastor, con un conjunto de ofrendas funerarias muy completo -con cuentas de collar, punzones, lascas de obsidiana, cerámica, hachones de tea, etc.- se halló un cráneo de perro correspondiente a un tipo de talla pequeña, con restos de momificación de pequeñas zonas con pelo corto de un color crema oscuro». «Formó parte de la alimentación indígena, pero en pequeña escala».

En el libro El Conjunto Ceremonial de Guargacho, del mismo autor, pag. 90, podemos leer, «Está suficientemente comprobado el consumo de carne de perro en la alimentación del aborigen». «En la cueva de habitación de Los Cabezazos, partiendo de los restos de cocina con material óseo de cabra, cerdo y perro, se han obtenido los siguientes datos, los restos de cabra representaban el 57,5%, los de cerdo el 30,3%, y los de perro el 21,2%. Del mismo yacimiento, utilizando ahora solamente piezas dentarias sueltas se han obtenido unos porcentajes muy significativos: de cabra 60,7%, de cerdo 28,2%, de perro11,1%. Por consiguiente, es incuestionable la cinofagia entre los aborígenes, pero más bien moderada, aunque acaso más acentuada en el norte que en el sur de Tenerife».