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Y por fin llegó el día y la hora. Tras haber sido reconocido el Perro de Presa Canario por la Real Sociedad Central Canina Española, el 28 de abril, en la Institución Ferial de Canarias, en Las Palmas de Gran Canaria.

Antes de la hora fijada (4 de la tarde) una multitud de perros con sus dueños esperaban en la explanada y escaleras de la entrada principal de la Institución Ferial. Allí todo el mundo miraba a todo el mundo, y a los perros, que eran el motivo de la fiesta. Y se saludaban unos (nos saludábamos) disimuladamente, porque esta historia de los perros es así.

Algunos de los perros eran grandes, demasiado para ser perros de presa canarios, otros medianos, y otros pequeños, ligeros, demasiado ligeros. De costillares planos la mayoría, cuando los cilíndricos son los adecuados. Y se comentaba, de los perros ajenos, que no eran típicos. (¿Pero cuáles eran los típicos?). Todos y ninguno. Luego se abrió la puerta y dijeron que ya podían pasar los perros, de uno en uno, formando pequeños grupos, para no agolparse todos ante el juez, que lo era Evaristo Sanllehí Piera, vestido de negro como ala de cuervo de mal agüero, y Carlos Salas, que le servía de comisario de ring, papeles en mano y bolígrafo, más nervioso que de costumbre, y don Valentín Álvarez, presidente –¿será este cargo vitalicio?, porque mira que hace años que es presidente, dueño y señor de la movida canina nacional española de la Central Canina, y Andrés del Río, vicepresidente, tan pulcro siempre, con su mostacho y sus gafas, y tan alto que da envidia (dicen los criticones de siempre que es quien maneja, desde su segundo plano, los hilos de la Canina Central Española), y Carlos Cuenca, con su inseparable chaqueta azul marino, y su chivita de actor de cine de cualquier otro tiempo, y una señorita (que nunca nadie me presentó –qué pena–, muy robusta ella, como luchadora de sumo). O sea, la Canina Central en peso se había desplazado a Las Palmas de Gran Canaria par resolver, de una vez por todas (¡ay, que se iban a equivocar una vez más!) el ya eterno problema del Perro de Presa Canario.

Y empezó la función. «Pase el primero», dijo alguien. Sanllehí miraba beatíficamente, tras sus gafas, como sólo él sabe hacerlo, al perro canario, y le decía algo a Carlos Salas, y Carlos Salas le respondía poco más o menos, «sí», o, «no», y así toda la función. Y al primer perro de presa negro se dijo que no, que no se contemplaba en el estándar, y se corrió la voz, y a los que tenían allí perros negros se les subió la sangre a la cabeza. Y Antonio Cabezas Albamonte (que está en todas partes, como el Espíritu Santo –vive de eso–) se dejaba ver, se hacía ver, y con su maquinita de retratar en la mano llamaba a algún dueño con su perro, una vez pasado el examen, y se lo llevaba aparte y les robaba, a ambos, una instantánea para la posteridad. Así fueron pasando perros y más perros de presa canarios que en nada se parecían unos a otros (ni entre hermanos, un ejemplo: un hermano, leonado, del que al día siguiente fuera Excelente 1º de Clase Abierta Machos, y de la perra que quedó Excelente 1ª en Clase Abierta Hembras, fue desechado por atípico, y por pasarse de talla). Y al final, previo acuerdo de sus propietarios, viendo qué estaban rechazando a los perros negros, pasaron de golpe uno tras otro los que quedaban. Aquello fue como una especie de complot judeomasónico. Y tenían que haber visto los ojos de Sanllehí, y los del presidente, don Valentín Alvarez, y los de Andrés del Río, y los de Carlos Cuenca, y, por fin, los de Carlos Salas.

Oscar Muñoz de las Nieves, presidente del Club de Perros de Presa de Las Palmas de Gran Canaria, en cabeza presentó su perra negra, y se armó la marimorena. Al final, Carlos Salas, consciente de que se hallaba metido en un callejón sin salida, dijo que él no veía inconveniente en qué pasaran (también) los presas negros. Y la Canina en peso, previas deliberaciones, con los perreros y cinólogos allí presentes, dijeron que bueno, que pasaran.. Total, de los ciento setenta y tantos perros inscritos pasaron el reconocimiento 117. 117 presas disímiles entre sí, desde cualquier punto que se les mirase. Rokote, como su hermana de camada (el Rokote del anuncio de la revista canina Guau, del que ya hablé en una carta publicada en El Mundo del Perro, no 107, pag. 52), hijo de perra Bullmastiff con pedigrí, pasó el visto–bueno y un perro leonado sucio, hijo de American Staffordshire Terrier y perra Bullmastiff con pedigrí también, y varios cruzados más, descarados, de Bullterrier, de Mastín Napolitano, de Perro de Ganado Majorero, y otras cosas varias.

A todos los metieron en el mismo saco. Y ahora los criadores que se las apañen. Que echen mano de lo que más les guste. Ahí tenemos el futuro del Perro de Presa Canario.