Los perros de los conquistadores y colonos de Canarias

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin

Con la conquista de Canarias entramos en un capítulo inédito y a todas luces desolador en la vida y costumbres del aborigen canario. Se desbaratan por completo sus modos de vida, se les esclaviza, muchos son vendidos en las costas mediterráneas, sus tierras y ganados les son apropiados y repartidos entre la nueva población que va llegando de fuera, de la Península Ibérica –de España y de Portugal fundamentalmente–. Los nuevos dueños, que logran serlo mediante la fuerza, traen nuevas ideas, un modelo de sociedad distinto al aborigen. Muchos son labradores, ganaderos, artesanos, comerciantes, albañiles, etc. etc. Estos hombres traen consigo sus útiles de trabajo, animales de todas las especies domésticas explotadas en España, y algunas del continente africano. Caballos, mulas, asnos, vacas, cabras, ovejas, cerdos, dromedarios, aves de corral, palomas, perdices, conejos, y perros…, perros de distintas razas para distintos cometidos: mastines, presas, podencos, perdigueros, de ganado, pachones, de aguas, sabuesos, etc. El conquistador siempre, en todos los tiempos de que se tiene noticia, ha llevado a los lugares que ha conquistado su lengua, su folklore, sus animales, sus árboles frutales, sus semillas, que harán posible su subsistencia. Esto en Canarias no fue en modo alguno distinto.

Dos caballeros franceses, Gadifer de La Salle y Jean de Bethencourt, partieron de La Rochela el primer día de mayo de 1402 con un buen navío con 280 personas hacia las Islas Canarias con el propósito de conquistarlas. «y debían seguir  el rumbo de Belle–Isle; pero al dejar atrás la isla de Ré tuvieron viento contrario y dirigieron su camino a España, y arribaron al puerto de Vivero y permanecieron allí 8 días; y allí hubo gran pendencia entre sus gentes, que habían formado dos bandos, y temieron  que su viaje quedara deshecho; pero los apaciguaron y salieron de allí y vinieron a la Coruña (Le Canarien, versión G)», luego «nosotros emprendimos nuestro camino. Después de haber doblado el cabo de Finisterre, seguimos la costa de Portugal hasta el cabo de San Vicente; después replegamos el rumbo y seguimos camino a Sevilla y llegamos al puerto de Cádiz, que está bastante cerca de la entrada del estrecho de Marruecos (Le Canarien, versión G». Después de serios contratiempos «los marinos, movidos por malas intenciones, desanimaron de tal manera a la compañía, diciendo que tenían pocos víveres y que los llevábamos a todos a la muerte, de 280 personas sólo quedaron 63 (Le Canarien, Versión G)».«Después, con aquella poca gente que les había quedado, emprendieron el viaje, en el que padecieron bastantes trabajos (Le Canarien, versión G)». «Y después salieron del puerto de Cádiz y entraron en alta mar, y pasaron tes días de bonanza casi sin adelantar en su camino; luego mejoró el tiempo y llegaron en cinco días al puerto de la isla Graciosa y bajaron en la isla de Lanzarote –mes de julio de 1402– (Le Canarien, versión G)».

Poco sabemos de cómo eran los perros que trajeron a Canarias los conquistadores y colonos, no obstante, procuraremos seguirles la pista. Una vez principiada la conquista de Canarias, como quiera que Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle se hallaran sin medios para proseguirla decidieron que el primero (Jean de Bethencourt) con un grupo de hombres se desplazara a España con el fin de traer lo antes posible «algunos refuerzos de gentes y víveres» (Le Canarien, versión G). Una vez en Sevilla, Jean de Bethencourt solicitó audiencia al rey, a la sazón Enrique III, le informó de la conquista que habían iniciado, “y le hizo homenaje de todas las Islas Canarias” (Le Canarien, versión B), «y obtuvo de él grandes dones y grandes franquicias» (Le Canarien, versión B). De esta manera las Islas Canarias pasaban a ser parte jurisdiccional del reino de Castilla, y ambos personajes establecían un vínculo de recíprocas obligaciones y derechos. A partir de ese momento el rey de Castilla se hace con las riendas de la empresa conquistadora de las Canarias. Y «por Real Cédula de 25 de diciembre de 1403 se disponía que Jean de Bethencourt podía extraer de los reinos de Castilla cierta cantidad de hierro, cincuenta cahíces de trigo, quinientas piezas de armas e igual número de hombres, con algunos caballos y otros animales», (Le Canarien, versión B).

 Y otros animales, eso es, de los reinos de Castilla. ¿Y qué otros animales serían éstos? No se especifica, pero nosotros podemos imaginárnoslo. Además de caballos, vacas, cerdos, gallinas, perros… Este animal siempre ha sido utilizado por el conquistador en todo tiempo y lugar, si ha podido echar mano de él. En España había multitud de razas caninas que cumplían distintas funciones. Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle se hallaban con sus hombres en tierra extraña conquistando, y tenían que mirar pero que muy bien por sus vidas y pertenencias si no querían perderlas, y el perro era el mejor auxiliar, el que ve y oye en la noche, el que no teme a las armas, el que no se vende ni traiciona, el que no habla, el que sólo avisa y ataca si es preciso.

Los hombres de Jean de Bethencourt han pasado de Lanzarote a Fuerteventura. Ya en otras ocasiones han corrido esta isla, y quieren conquistarla a toda costa lo antes posible. En esta ocasión «salieron de noche, cada uno con el arco en mano, para poner una emboscada cerca del lugar en que habían descansado los canarios la noche anterior. Entonces partió d’Andrac para ir hacia ellos al día siguiente por la mañana, acompañado de los compañeros de la casa de mi señor y de la isla de Lanzarote. Y tenían perros con ellos, como que iban entreteniéndose a lo largo de la isla»(Le Canarien, versión B)».

Anteriormente en ningún momento se habla de perros en Fuerteventura, ni en Lanzarote. Esto acontecía después de la llegada de Bethencourt a Lanzarote de regreso de España, que fue el 7 de octubre de 1404, es decir, el mes de noviembre del mismo año. Posteriormente hay otra noticia de perros en Fuerteventura. «Hay en ella más de cuatro mil camellos y grandísimo número de de asnos salvajes. El año de 1591 se mandó hacer una montería por el mucho daño que hacían en la tierra, con muchos lebreles, y con mucha gente de a caballo, y la tierra apellidada, y mataron más de mil y quinientos asnos que fueron manjar de cuervos y guirres de que hay mucha abundancia en estas islas» (Fray Juan de Abreu Galindo, Historia de la Conquista de las Siete Islas de Gran Canaria, pág.40).

En relación con dicha montería, José de Viera y Clavijo, en su Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, edición de 1982 –Goya Ediciones–, Tomo Primero, Pags. 813-814, escribe: «Poco después de que los Bethencures introdujeron los camellos venidos de África, se contaban más de cuatro mil cabezas. Pero la especie que se propagó hasta lo increíble y que incomodaba los habitantes sobremanera era la de los burros porque, habiéndose criado salvajes en los matorrales y dehesas, causaban en los sembrados y cortijos daños irreparables». « Hablábase mucho de esta inaudita plaga a tiempo que estaban en Fuerteventura el capitán general don Luís de la Cueva y Benavides, señor de Bedmar; el obispo don Fernando Suárez de Figueroa; el provincial Gonzalo Argote de Molina, y el P. fray Juan de Abreu Galindo, franciscano de la provincia de Andalucía, ilustre escritor de las antigüedades canarias. Y con motivos de dar a estos recomendables huéspedes un espectáculo divertido y nuevo, don Fernando y don Gonzalo de Saavedra acordaron que se hiciese contra aquellos brutos una batida general. A este fin, habiéndose puesto en movimiento toda aquella tierra y juntándose un cuerpo de buena caballería, seguida de los bravos mastines del país, se consiguió una cacería tan completa, que quedaron muertos en el campo más de mil y quinientos asnos»,.

Vamos a ver, Abreu Galindo que, según Viera y Clavijo, participó en dicha cacería, dice lebreles, no especifica más. Y digo yo, ¿qué entendía por lebreles Abreu Galindo? Viera y Clavijo, que terminó de escribir su libro primero en  1763, o sea 172 años después de la referida montería, describe “bravos mastines de país”, y no me cabe duda alguna de que  lo dice con absoluto conocimiento de lo que aconteció. Viera y Clavijo no fue un historiador de tres al cuarto. Él tuvo que haber revisado todos los documentos de la época relacionados con la realidad que nos interesa.

Ahora volvamos atrás. Los perros que los hombres de Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle llevaban cuando caminaban por la costa de Fuerteventura ¿eran lebreles? Me inclino a pensar que no. ¿Qué perros eran? Perros para la guarda y la defensa de las personas y propiedades, BRAVOS MASTINES RECIEN TRAÍDOS DE ESPAÑA. Que los utilizaran como perros de ataque contra los naturales de Lanzarote y Fuerteventura en las escaramuzas que con ellos tenían no se sabe, aunque pienso que no, de lo contrario constaría en algún escrito de la época. Entonces esos perros eran de presa, o de ganado, o ambos   a un tiempo. En los Acuerdos del Cabildo de Tenerife, en los Acuerdos del Cabildo de Betancuria (Fuerteventura), y en las Ordenanzas de Tenerife se lee, “perros de presa, perros de ganado, perros de caza, perros perdigueros, y perros de los grandes”. Estos grandes probablemente también eran mastines españoles de la época. nada que ver con los mastines españoles de nuestros días.

Y de aquellos mastines descienden los actuales perros de ganado, o de la tierra, existentes en Fuerteventura, aunque mestizados y degenerados, éstos, lamentablemente.

Es muy importante tener en cuenta que antes de la llegada de los conquistadores y colonos, en Canarias no había perdices, ni conejos. Luego trajeron perros perdigueros y lebreles, “perros de caza” se lee en los Acuerdos y en las Ordenanzas, que no son otros que los podencos, para dar caza a los conejos y a las perdices.