La razón de ser de los perros de presa canarios eras las peleas– Con ese fin se cruzaban, criaban y seleccionaban. El color no era importante, sí es cierto que había predilección por el manto leonado y bardino, pero en el momento de elegir un macho para cubrir una perra se valoraba sobre todas sus cualidades la capacidad para la pelea: una buena embestida, la presa firme, y el aguante. Un perro reunía esas condiciones cuando su peso era el adecuado, no mas de 60 kilogramos ni menos de 45. La altura era otra condición importante, y la longitud, el pecho ancho, el costillar amplio, el lomo robusto y musculoso, porque si éste falla el perro se rinde, y las patas fuertes y firme, la cabeza grande, ancha, de maxilares muy desarrollados, el caño nasal no demasiado corto. Y no hay perro de presa si no hay temperamento. El Perro de Presa Canario debe ser tranquilo, nunca mordedor, a no ser que razones evidentes lo exijan, y capaz de soportar las diabluras de los niños.

Los ingleses –atentos a esta parte, que luego comentaremos –, que parece fueron los que trajeron la afición a las peleas de perros a Canarias, traerían, es de suponer, sus mastines, ya famosos en el combate en tiempos de Julio César, los rabiosos bullterriers, capaces éstos, antes más que ahora, de combatir con perros muy superiores en tamaño y vencerlos, los Bullmastiffs, los Bulldogs, etc.

Partiendo de estos perros y esta afición venida de fuera se fue creando el Perro de Presa canario. Que se llegara, con el tiempo, a conformar un grupo racial cuyo prototipo nos permita hablar de una raza más, como en nuestros días se entiende, capaz de transmitir a su descendencia unos caracteres peculiares y diferenciadores respecto de otras razas caninas de presa, no estamos en condiciones de afirmarlo. Para nosotros una fuente de información, en el momento de perfilar un estudio sobre el Perro de Presa Canario, han sido los hombres que los tuvieron, criaron, seleccionaron y entrenaron para la pelea, antes de que fueran terminantemente prohibidas. Los ancianos que hoy ya no crían ni entrenan perros de presa, pero que sí recuerdan aquel pasado y aquellos perros, de los que incluso conservan como oro en paño fotografías de algunos de sus ejemplares. En ocasiones los mejores se quedaron sin fotografiar por aquello de que la fotografía en aquellos tiempos no era, ni mucho menos, tan popular como en nuestros días.

De estos ancianos hemos escuchado historias de cómo y cuándo peleó tal o cuál perro, y quién venció. Algunos de estos ancianos no eran peleadores de perros, pero llegado   el momento sus perros echaron su pelea, o más de una, para probar su valor, y su presa, o sea, que además de obedecer a su amo, guardar sus bienes y bregar con el ganado vacuno, eran capaces de enfrentarse a otro poderoso rival, “y vencerlo si se terciaba”, dice don Polo Acosta. Porque el Perro de Presa Canario completo era aquel que además de cumplir la misión que se le encomendaba, peleaba, que era para lo que inicialmente había sido creado.

Muchos de los últimos peleadores de perros fallecieron ya. De entre ellos podemos citar, de Tenerife, al rey de los perros, que no era otro que Juan Reyes, o Juan el Marchante, que es como se le conocía; y seguimos, sin establecer un orden, con cho Domingo Palma, del Ortigal, Andrés el Camarero, o el Peninsular; Gabino Miranda, guarda del Ortigal, cho Luciano el Guarda, de La Esperanza, Domingo Cruz, Antonio Flores, etc. De entre los vivos que recuerdan con entusiasmo aquel pasado cabe citar a Pancho Carlos, de La Esperanza, a Manuel Caporal, de los Campitos, a Pepe el Guardia, y al campeón de los perros, don Polo Acosta.

Yo leí en alguna parte que el hombre se mide por sus aficiones. Bien, pues don Polo Acosta y Acosta no era hombre de una sola afición. Su extraordinaria vitalidad e incomparable imaginación le hacían perder la cabeza por una buena/grande yunta de vacas bastas (vacuno del país). Conocidísimo es entre los boyeros viejos de la isla. Las haladas, o arrastre de pesos con la corsa, eran y siguen siendo su debilidad, y las carrozas en las romerías, porque en ellas se puede apreciar cuál es la mejor yunta de vacas o toros, y cuál el mejor boyero, y Polo Acosta, precisamente, no era de los peores. La tenencia de las mejores cabras era otra de sus aficiones. “Iguales las habría, mejores… lo veo difícil”, me dijo don Polo Acosta. Los caballos, aunque en aquellos años fueran un lujo casi de ricos, ocuparon parte de su vida, “y por supuesto que montaba”, se ufana don Polo. Y jugaba al palo don Polo. Hoy está de moda lo autóctono, pero cuando en estas islas el pueblo no se regía por las modas, cuando el automóvil empezaba a rodar por el mundo, el ciudadano iba a pie a todas partes, y algunas veces a caballo, el hoy don Polo Acosta iba por la vida con un palo en la mano, palo que llevaba por su utilidad, y para dárselo a probar en las carnes a quien hiciera falta si lo requería la ocasión. Así, pues, Polo Acosta y Acosta jugaba al palo en los ratos de asueto con sus amigos, y vino jugando al palo hasta nuestros días. Y la lucha canaria. Don Polo Acosta no fue menos en este deporte vernáculo. Sabía de lucha canaria porque en parte esa era su vida. Don Polo, según me ha contado, creó el equipo de lucha El Tinguaro, que duró once años, y El Calana, que duró tres. De estos dos equipos salieron grandes luchadores, como Nino Morales del Sur.

Don Polo Acosta –en su juventud, debido a su exuberante entusiasmo, lo llamaban el loco– era el campeón de los perros de presa, y a donde quiera que fuera llevaba su afición, y desafiaba a quien hiciera falta, y si su perro era inferior al de Fulano se las remediaba para comprar otro capaz de vencerlo. Así compraba y vendía perros. Hoy tenía éste y mañana otro distinto, que entrenaba para ser campeón. Entre los muchos perros que fueron de su propiedad son dignos de mención el Valiente, el Nilo, el Turco, el Cambao, el Chumbo, el Corbato, el Boliche, el Cuidao, que se lo compró a Máximo Benítez, el Porqué, traído de Las Palmas, el Quebrao, y el Marruecos, el campeón de campeones. Este perro fue traído a Tenerife de La Palma por Juan el Marchante como si fuera una gran cosa, pero pronto Juan el Marchante le perdió la afición. Dos veces lo peleó y dos veces perdió la pelea. Pero Polo Acosta, que sabía distinguir la casta de un perro con sólo mirarlo, se lo compró en veinte duros y un cachorro, de presa, claro.

Sabido es que todo maestrillo tiene su librillo, y Polo Acosta no era una excepción. Se llevó al Marruecos a su casa y empezó a alimentarlo bien y a entrenarlo, y cuando le pareció que ya el perro era otra cosa, dio comienzo a los desafíos. Las peleas eran precedidas de todo un ritual. Los dueños de los perros se ponían de acuerdo si iban a quedarse en completo silencio o no mientras los perros peleaban –esta condición, el silencio absoluto, se respetaba escrupulosamente cuando don Polo peleaba algún perro–, y se respetaba la amplitud del círculo donde peleaban los perros, y ningún espectador podía tocar a los perros en combate, y si los perros se salían del círculo los espectadores estaban obligados a dejar el campo libre. Polo Acosta era partidario “de que los perros se las entendieran, y el que ganaba, ganaba”. Y siempre se evitaba, en la medida de lo posible, que los perros se dañaran en exceso, y no solía haber muertes.

En manos de Polo Acosta, el Marruecos ganó pelea tras pelea. Llegó a ser tan popular entre los aficionados a las peleas de perros en las islas y tal era su prestigio que llegó un momento que nadie quería saber de peleas con él. Este perro no murió peleando, murió de viejo atado al tronco de un viejo nogal en una propiedad que don Polo tenía en el Camino Guillén, en la jurisdicción de La Esperanza. Otros perros de don Polo “que dieron candela” fueron algunos de los ya mencionados. El Corbato, el Quebrao, el Cuidao, el Porqué, y el Nilo, un mestizo de gran danés negro que peleó con el Mocho de cho Domingo Palma en Las Raíces, a la salida de La Esperanza en dirección a Las Cañadas del Teide.

En aquellos años de peleas de perros también había criadores de perros de presa, quienes los vendían a los aficionados. Uno de los más nombrados era Barreto el Viejo, de La Laguna. En La Caseta de Madera, en Santa Cruz, al pie del Matadero Municipal, había  lo que llamaban una cuadra de perros donde había ejemplares de distintas razas de diferentes propietarios (Bulldog Inglés, Bullterrier, Gran Danés, Perro de Ganado Majorero, Presa de la Tierra, Mastín Español, etc.) para cruzar pensando en las peleas. Los cruces con Gran Danés no dieron el resultado apetecido y los aficionados acabaron por desecharlo.

Mucho se ha hablado de las apuestas en torno a las peleas de perros, pero, según don Polo Acosta y otros aficionados que fueron entrevistados por mí, éstas fueron tan esporádicas que ni siquiera se pueden tener en cuenta. Y en ningún momento existieron las peleas organizadas como si de una afición deportiva más se tratara. “Esta historia se la han inventado después de que las peleas fueran prohibidas”, me comenta don Polo, “y no cabe la menor duda de que esos inventores nunca presenciaron una pelea”.

Algunos calificaban las peleas de sanguinarias, consecuencia de la crueldad de los dueños de los perros, otros, los más beatos, se atreven a decir que “el Perro de Presa Canario es tan inteligente, y tan caballero, que cuando ve que su contrincante chilla de inmediato lo suelta y le lame las heridas”.

El Perro de Presa Canario fue siempre un perro dócil y sumamente inteligente,  fácil de dominar, pero como perro de presa temible con otros perros, y en la pelea no paraba hasta quedar rendido, o vencido.

Opina don Polo Acosta que la afición a las peleas de perros la trajeron a Tenerife de Gran Canaria tiempo atrás, y que de Gran Canaria venían los perros, ello no quiere decir que no se criaran en Tenerife. En Gran Canaria, viejos aficionados me dijeron, hace varios años, que la afición había nacido allí, y que de Tenerife iban a comprar, con mucha frecuencia, perros para la pelea, cosa que no ocurría en sentido contrario. Y los perros que ganaron fama peleando en Tenerife habían sido traídos de Gran Canaria, a excepción del Marruecos. El León fue traído por Juan el Marchante de Gran Canaria, el Sultán lo trajo de allí Juan Hormiga, y el Porqué, que luego sería de Polo Acosta, y el Chumbo, que también fue a parar a sus manos.

En Gran Canaria el campeón de los perros, según Polo Acosta, era el Cubano. Este señor tenía un perro a todas luces invencible, en vista de lo cual Andrés el Peninsular –entonces vivía en Las Palmas, luego se trasladaría a Tenerife– se desplazó a Tenerife para comprar al León, de Juan el Marchante, con el fin de echarlo a pelear con el perro del Cubano. El León fue llevado a Las Palmas, su tierra natal, pero, no se sabe por qué razones, ambos perros no llegaron a enfrentarse, y el León fue devuelto a Tenerife.

En Las Palmas, según don Polo, otros destacados aficionados a las peleas de perros eran Paco Santana Santana, Salvadorito, Parrilla, Juan Martín, Zenón, y Patarrasa.

Pero había otro partidario del Perro de Presa Canario sin ser el peleador, y éste era  el campesino. El campesino canario, lo mismo que los campesinos de otras tierras, siempre anduvieron rodeados de perros, perros que les seguían a todas partes, perros, dicho sea de paso, más educados y más útiles que la mayor parte de los que se crían hoy en las ciudades, menos obesos y más sanos. Y de más está decir que el más apreciado de los perros era el del país, el que, aparte de pelear, respondía a las necesidades del campesino. Buen guardián, buen defensor, nada nervioso ni bullanguero, valiente, amante de la compañía del amo y de los que con él vivían, y, cosa importantísima para el hombre del campo que cría animales, enemigo de todos los perros aficionados a la rapiña. Dueños de perros de presa canarios me han contado, entre ellos don Polo Acosta, que más de un perro merodeador dejó la vida en propiedad ajena. Esta realidad ocasionó más de un disgusto a dueños de perros de caza, u otros, que, por no tenerlos atados, salieron de noche, “y fueron a cazar donde no debían”.

 

Otra de las cualidades del Perro de Presa Canario, consecuencia en parte de su fortaleza física, era su capacidad para bregar con el ganado basto en los pastizales, o donde quiera que fuera. Un Perro de Presa Canario no rehuía la embestida de una res por terca que ésta fuera, y poco trabajo le costaba hacerse con ella y llevarla al redil.

Entre estos muchos dueños de ganado me parece oportuno traer aquí a Pancho el Rey, “hombre muy querido y de palabra dónde los haya”, me comenta don Polo Acosta. Don Pancho de la Paz Hernández, o Pancho el Rey, se crió con el ganado basto, y no trató con más perros que con los de presa de la tierra –en aquellos años nadie hablaba del Perro de Presa Canario sino del perro de presa del país    o de la tierra –, y si mano tenía con las reses mano tenía con los perros. El Teide es uno de los perros que recuerda con más cariño, animal completamente blanco, “y de la tierra en verdad”, según don Pancho, y el León, achocolatado uniforme, y el Santiago, coloradito. Don Pancho de la Paz también enseñaba perros de presa, y algunas veces sin cobrar, “por afición”, comenta él. Me contaron que una vez un abogado de La Laguna le llevó un perro para que se lo enseñara, y para que le echara de comer de vez en cuando le llevaba una talega de gofio (harina de trigo tostado), pero viendo el abogado que el perro cada vez estaba más flaco, le dijo, “Mire, don Pancho, que el perro está flaco”. Don Pancho miró al abogado socarronamente y le dijo, “No, hombre, el perro si come, lo que pasa es que se ha tomado las clases muy a pecho”. Era en los tiempos del hombre.

Don Pancho de la Paz Hernández nació en 1895 y tiene muchas cosas de qué hablar, por ejemplo, de cómo se enseña un perro de presa, o de cómo los enseñaba él, “a la antigua usanza”, como correspondía a las necesidades del campo, y de cada dueño. Don Pancho me contaba que él nunca llevaba a su perro de la traílla. El perro, sus perros, siempre iban al pie suyo, y si les decía que se adelantaran ellos lo hacían, porque para eso los había enseñado, y si llegado el caso se topaba con un amigo o extraño que llevara otro perro el suyo nunca se separaba de su lado, ni para pelear ni para husmear al otro, y si el otro, como se dio el caso, se le echaba encima buscando pelea el suyo se echaba para atrás, así, con su comportamiento, demostraba que el perro bien enseñado nunca toma la iniciativa, ésta la toma el amo.

El campesino canario no pensaba, ni piensa, en peleas de perros, como pudiera ocurrir en otros lugares, por ejemplo, entre la gente ciudadana, que busca nuevas maneras de divertise, nuevas impresiones fuertes para matar el tedio de su vida gris. En esto coincide don Polo Acosta, aunque reconoce que él era el motor de las peleas de perros en Tenerife, “pero sin caer en el exceso en momento alguno”.

Así, después de seguirle un poco los pasos al Perro de Presa Canario, llegamos a la prohibición de las peleas de perros. En 1954 una noche don Polo  Acosta  estaba  entrenando  a sus perros, enzalamados (con bozal) para que no se dañaran, y por lo visto la refriega se dejó oír más que de costumbre, y la directora de la Sociedad Protectora de Animales (directora dice don Polo Acosta), la señora Equis, que vivía muy cerca, le mandó recado “para que no peleara los perros, que estaba mala y no la dejaban dormir”, a lo que, fuera de tono, Polo Acosta, le devolvió el recado en los siguientes términos: “Dígale a la señora que mi perra también está mala y no puedo callar a los perros”. Esto fue más que suficiente para que se rebosara el vaso, y a los pocos días Polo Acosta recibió una citación de la policía. Polo Acosta sabía que las cosas no estaban bien, se presentó en la comisaría y habló con don Enrique el comisario, que era conocido suyo. Don Enrique, después de ciertos preámbulos, le hizo prometer que no pelearía más a los perros, y Polo Acosta se lo prometió, y cumplió su palabra. “Nunca más he peleado perros”, dice don Polo, y añade, “don Enrique tenía razón, las peleas de perros no me dejaban beneficio alguno, y el día menos pensado me iban a ocasionar algún disgusto, así que hasta la fecha”.

Y esa fue, aunque parezca mentira, la muerte del perro de presa canario, la prohibición de las peleas. cierto que quedó algún que otro ejemplar perdido y sin aprecio en Gran Canaria y en Tenerife; pero ¿cómo es posible que se dejara perder la raza en tan pocos años? Don Polo me comentaba que la causa fue, además de por la prohibición de las peleas, por los pastores alemanes, que se hicieron famosos tras la segunda guerra mundial. “Antes en cualquier casa se veía un perro de presa echado en la puerta, ¡y cuidado, que a nadie se le ocurriera entrar! Luego vinieron los pastores alemanes y ya nadie se ocupó de los presas”. Esta razón puede ser la más acertada. una raza canina puede perderse en menos de veinte años, si deja de interesar. Eso le ocurrió al Perro de Presa Canario.

   Con lo anteriormente dicho no quiero sembrar el pesimismo entre la afición, pero, para ser sincero, debo decir que antes de diez años a partir de la fecha en que escribo estas notas no podremos decir: el Perro de Presa Canario está ahí, suficiente en número, bien seleccionado, fiel a sus cualidades que le dieron fama, echado, como antes, en casi todas las puertas de las casas en el campo, ¡y cuidado, que a nadie se le ocurra entrar!

Comentario a Perros de Presa Canarios

Perros de Presa Canarios fue publicado íntegramente el 13 de mayo de 1982 en el periódico El Día, de Santa cruz de Tenerife, y en el mes de febrero de 1983 apareció, algo resumido, en la revista El Mundo del Perro (Madrid), bajo el título: Un producto de las peleas: Perro de Presa Canario.

En aquellas fechas pocos, muy pocos, eran los aficionados a los perros de presa canarios, y prácticamente nada se sabía de ellos y de su origen. Y apenas existían perros de presa canarios dignos de tal nombre, esa es la verdad y no otra. La inmensa mayoría de los aficionados actuales no recuerdan siquiera cómo eran aquellos perros, y una buena parte de ella no los ha visto en su vida. Muchos ni siquiera habían nacido. Estoy hablando del verdadero perro de presa canario, que sí existió. A decir verdad –vamos a dejarnos de juegos– nadie sabe cuándo se extinguió este perro, el antiguo, de origen. ¿Desapareció a finales del XIX o principios del XX? Nadie lo sabe.

En 1982-3 el aficionado a los perros canarios nada sabía de los Acuerdos de los Cabildos de Betancuria, o de Tenerife, nada de las Ordenanzas de Tenerife. Y si alguien sabía de ellos de bien poco le sirvieron, y quien hizo uso de dichos documentos con el fin de estudiar su origen, los tergiversó de tal manera que más que arrojar luz sobre un tema tan poco investigado, lo confundieron sobremanera con su afán de querer demostrar lo indemostrable, esto es que los perros de ganado majoreros, los perros de presa y los podencos canarios descienden de los perros que criaban los aborígenes antes de la conquista y colonización de estas islas.

El aquellos años de referencia, 1982-3, yo ignoraba también la existencia de dichos acuerdos y ordenanzas, he de confesarlo, ni había leído Le Canarien, etc. Si hubiera sabido de esos textos no hubiera escrito Los Perros de Presa Canarios, o habría escrito algo distinto, con más base histórica, y no me hubiera referido a los ingleses y sus perros de pelea, eso está claro. Ciertamente yo no afirmaba nada en mi trabajo, que sólo pretendía ser divulgativo, para despertar una afición. Me limité a escribir que los ingleses «parece que fueron los que trajeron la afición a las peleas de perros a Canarias, traerían, es de suponer, sus mastines, ya famosos en los combates en los tiempos de Julio César, los rabiosos bulterriers, capaces éstos, antes más que ahora, de combatir con perros muy superiores en tamaño y vencerlos, los bullmatiffs, los bulldogs, etc».