¿Presas Canarios?

¿Presas Canarios?

    Cuando yo llegué a Canarias, recién casado y con veintitrés años de edad, nada sabía de perros canarios, en realidad nada sabía de Canarias, no sé por qué me imaginaba unas islas tropicales, llenas de vegetación por doquier, y que los plátanos que tantísimas veces había comido desde muy niño en mi pueblo lleidatá (de Lleida en catalán, en castellano Lérida, del árabe) los producían unas palmeras altas parecidas a las que se veían en las películas norteamericanas ambientadas en Hawai, con la diferencia que éstas producían cocos. Luego, cuando me llevaron a ver un campo de plataneras en su ambiente natural me llevé una tremenda decepción. Las plataneras eran unas matas de unos tres metros de alto, poco más o menos, de hojas anchas y largas, las más bajas rozando la tierra. En mi vida me he llevado muchas decepciones de este tipo, dicho sea de paso. Con demasiada frecuencia la realidad no es como nos la cuentan, o como nos la imaginamos cuando nos la cuentan.

    Pasado un tiempo, tres años quizá, poco más o menos, mi suegro, comandante de la Guardia Civil, me habló del Perro Majorero. Él había estado destinado en Fuerteventura, con la graduación de teniente me parece, ya terminada la segunda guerra mundial.

    Un día, mientras almorzábamos, mi suegro trajo a colación en la conversación el Perro Majorero, y me contó que un alemán, ex-militar nazi muy entendido en perros, le dijo un día que allí en Fuerteventura tenían el mejor perro de policía, mejor que el Pastor Alemán, porque aprende solo, no se fía ni de su madre, y no le tiene miedo a nada ni a nadie. Es de suponer que en aquellas fechas en Fuerteventura habría muchos y muy buenos perros de ganado aún.

    Luego, ya viviendo en Las Palmas de Gran Canaria, se despertó en mi la locura por los perros. Compré por teléfono una podenca ibicenca en Barcelona y un podenco ibicenco en Palma de Mallorca, y un Pointer Inglés, y una Pastora Alemana al doctor Luís Soldevilla de Benito, de Madrid, y…, alguien, no recuerdo quién, me habló de los perros de presa, y en busca de ellos fuí con la mayor ilusión del mundo. Así fue como conocí a Salvadorito, a Francisco Santana Santana, etc. Salvadorito tenía, muy cerca de lo que llamaban los Nuevos Depósitos Comerciales, en la Dársena Exterior, en donde trabajaba como guardián de noche, un perro de presa de capa bardina metido en un cuarto hecho expresamente para encerrarlo allí por el día; el cuarto tenía una puerta y la puerta una ventanita con reja en la parte alta desde donde se podía ver al perro. Salvadorito además tenía una perra Boxer atada al pie de una casetita de madera, y dos o tres cachorros de esa perra y el perro de presa. El perro (no recuerdo el nombre) era impresionante, me atrevo a decir que muy parecido a mi presa Néstor, en color, en tamaño, en fenotipo, en todo. Ver aquel presa para mí fue todo un acontecimiento (no había visto otro antes). Salvadorito me dijo, mira a ver si consigues una hembra y se la ponemos al perro, estos perros se han perdido ya, yo no he encontrado una hembra para él. ¿Y esos cachorros que tiene ahí?, le pregunté. No, esos ya no son lo mismo, la madre es esa Boxer.

    Un domingo fuimos (mi ex-mujer, los niños, y yo) a almorzar a Mano de Hierro, un restaurante de comida alemana propiedad de don Carlos, en Santa Brígida (Gran Canaria). Don Carlos era alemán, un gran cocinero, y manco, sí, en la segunda guerra mundial perdió la mano izquierda, y en el muñón que le quedó llevaba acoplado un artilugio metálico en forma de gancho con el que se defendía bastante bien en la cocina, en la barra del bar fregando platos, vasos, tazas, y demás. Don Carlos era muy alemán y muy amable, parecía estar siempre de buen humor, en su restaurante se comía muy bien y no era caro.

    Ese domingo nos sentamos al pie de una de las ventanas que daban a una huerta, en la que don Carlos cultivaba parte de las hortalizas que se servían en el restaurante. Y cuál no fue mi sorpresa al ver muy cerca de la ventana, atado a una caseta de madera, un perro tipo presa, con el rabo torneado como los bulldogs ingleses -aquí en Canarias los preseros a ese tipo de rabo le llamaban, y le seguimos llamando, rabo torneado-. Me levanté y fuí a hablar con don Carlos. Ese perro me lo trajo mi cuñado Francisco, él toda su vida ha tenido perros de presa – me contestó Mano de Hierro-, suele venir por aquí a ver a su hermana, como ya está retirado y no tiene nada que hacer pues viene de vez en cuando y se está un rato con ella, incluso cuando le parece se entretiene ahí en la huerta, y si no mira, mejor te doy su teléfono y su dirección para que lo llames y quedes con él.

    A los dos o tres días llamé por teléfono a Francisco Santana Santana, me dijo que ya no había perros de presa, pero que si yo quería podíamos vernos, en su propia casa, sí, mejor que venga a mi casa, me dijo, yo ya estoy jubilado, estoy medio enfermo, véngase, y hablaremos de perros de presa.

    Al día siguiente fui a casa de don Francisco Santana. Me recibió la mujer, muy amable, ¡ah!, usted es el de los perros, mi marido se va a poner muy contento con su visita, es un loco de los perros de presa, ahora está retirado, pero antes siempre tuvo perros de presa, pase, pase, está en el saloncito.

Don Francisco Santana Santana estaba sentado en un sillón, al verme se levantó y me tendió la mano. Estoy medio malo, me dijo, perdone que le haya hecho venir, podíamos habernos visto en otro sitio, pero como estoy así, siéntese, siéntese, ¿cómo es que se interesa por los perros de presa? Por su edad, Don Francisco sobradamente podía haber sido mi padre, y me trataba de usted. Mire, no hay perros de presa, me dijo nada más sentarnos, eso era antes, no sé por qué pero han desaparecido, ya no se ven, ahora vivimos de otra manera, todo ha cambiado, hoy en día la mayor parte de la gente nos ganamos la vida de otra manera, las aficiones son otras.

Mientras don Francisco me hablaba yo pensaba que tenían que quedar presas por algún sitio, por el campo, en los pueblo más apartados, en fin. De todas maneras si usted quiere que demos una vuelta por ahí, ya que insiste, pero no creo que encontremos nada. Media hora después estábamos en Tafira Baja llamando a la puerta de una casa, cuyos propietarios eran conocidos de don Francisco. Se abrió la puerta y apareció una mujer. Hola, Francisco, cuánto tiempo sin verte -la mujer saludó a don Francisco-. No, ya no tenemos perros de presa, hace años que ya no los tenemos. ¿No le dije yo a usted?, ya nadie tiene perros de presa, dijo Francisco Santana dirigiéndose a mí. Don Francisco se despidió de la mujer, nos montamos nuevamente en mi automóvil y seguimos hacía Tafira Alta, luego hasta Santa Brígida. Vamos a ver a mi hermana, que hace dos días que no la veo, sí, el perro que tiene mi cuñado se lo llevé yo, pero no es presa como los de antes, era de un amigo que le sacó cría a una gran danesa con un Bulldog. Ya le digo, ya no quedan presas, hantes sí había, yo recuerdo haber tenido hasta siete u ocho, machos todos, para la pelea, y para entrenarlos los sacaba al campo a todos juntos, ensalamados -con bozal- para que no se pelearan, yo montado en mi caballo y ellos todos detrás, entonces los caminos no estaban asfaltados ni había coches como ahora, y cuando me parecía que habían hecho el suficiente ejercicio los traía de vuelta a casa, entonces yo vivía en una casa terrera en el campo, ahora no, ahora vivo en un piso, como ha visto, en fin, todo es diferente, y para comer les echaba cabezas de cabra, enteras, sí, me iba al matadero municipal y por un par de pesetas me daban un saco de cabezas de cabra, a veces tenían tantas que no sabían que hacer con ellas y entonces ni siquiera me las cobraban, en aquella época la carne que comíamos todos era de cabra, muy poca de res, porque había muchas cabras, ¿sabe usted?, sí, ya lo creo, todo era diferente, recuerdo que una vez vino un señor de la Península, de Bilbao dijo que era, a comprar perros de presa para la caza del jabalí, era un hombre de mucho dinero, por lo que me dijo ya en otras ocasiones se había llevado presas para la caza del jabalí, y me compró un perro de presa impresionante, tenía una cabeza enorme, fíjese usted que cuando le echaba una cabeza de cabra la cojía en el aire, ¡¡chas!!, y en lo que la llevaba al suelo ya la había partido, imagínese la fuerza que tendría en las mandíbulas, era tremendo, el mejor presa que yo tuve nunca, y se llevó un cachorro también el bilbaíno, hijo de ese perro.

Con las historias que me contaban los viejos preseros fue creciendo en mí la afición (que se fue convirtiendo en obsesiva) por los perros de presa canarios. Un día Javier Cabrera Perera (amigo mío y muy aficionado a los perros) y yo fuimos a ver un perro de presa en un chalet antiguo y medio abandonado que había a mano derecha entrando en Tafira. No recuerdo cómo dimos con él. Javier vivía con su novia en Tafira. Quizá fue él quien se enteró de que existía aquel presa. Era un presa más bien bajo, ancho, con una cabeza grande, al notar nuestra presencia vino desde el fondo del jardín ladrando hacia nosotros, sus ladridos eran profundos y cavernosos, sus ojos oscuros, su mirada muy seria, desconfiada, nada amistosa, su color de un pardo oscuro. En aquel chalet no había nadie. La visión de aquel presa me impactó. Tiene que haber más presas como éste, le dije a Javier Cabrera Perera. Otro día fuimos a Arucas, para ver a Manolito Alemán el Carnicero, que tenía un perro de presa, y fuimos a dar con él, en su casa. Manolito Alemán vivía en una casa terrera a las afueras de Arucas. Era casi de noche. Una mujer abrió la puerta, en la entrada había una especie de patio largo de piso encementado con un hermoso parral cargado de verdes pámpanos. Sí, Manolito está ahí, ¡Manolito, mira, que estos chicos preguntan por tí!. Manolito estaba hablando muy amigablemente con Santiaguito Ojeda, el luchador (de lucha canaria). Manolito nos dijo que ya no tenía perros de presa, hace años saqué una cría y uno de los cachorros se lo regalé a un hombre de… Manolito Alemán nos dijo dónde vivía el hombre al que le había regalado el cachorro de presa, hacía varios años. No sé si vivirá todavía ese perro, dijo mientras nos despedía. El cachorro que regaló Manolito Alemán, al que pusieron de nombre Boby, vivía, y lo compré yo un rato después en seis mil pesetas, de aquella época.

En esos días nos enteramos, Javier Cabrera Perera y yo, de que un tal Juan Santana Álamo tenía algún perro de presa, en Bañaderos, sí, el marido de la maestra, y a Bañaderos nos fuimos a preguntar por Juan Santana Álamo, el marido de la maestra. Él vive en aquella casa, nos dijo un hombre de Bañaderos, vayan que debe estar en la casa, que lo ví entrar hace un momento. Llegamos a la casa que el hombre nos había indicado y llamamos a la puerta, Juan Santana nos abrió, le dije que nos habían dicho que él tenía perros de presa, nos dijo que sí, bueno, presas presas no son, no son como los de antes, aquellos eran otra cosa, pero pasen, o sino vamos a la granja para que los vean, está cerca de aquí. A los pocos minutos estábamos en la granja de gallinas que tenía Juan Santana a poca distancia del mar. Estos son mis perros, nos dijo Juan Santana mostrándonos sus perros, ese que está atado al pie del gallinero es Canario, y la perra debe andar por aquí, ¡¡Brava, Brava!!, gritó Juan Santana, y al momento apareció una perra de poco cuerpo y capa bardina que poco tenía que ver con una perra de presa, o con la idea que yo me había formado de una perra de presa, y Canario era leonado con alguna mancha blanca, bajo, ancho, con cabeza grande, producto de cruce de Bulldog Inglés ¿con Dogo Alemán?, casi seguro. Canario y Brava eran los perros de presa de Juan Santana Álamo, no tenía más. Entonces le pregunté si tenía pensado sacarles cría. La perra parió hace poco, dijo, del Canario, sí, y los cachorros los regalé, una hembrita se la llevó un cabrero de Las Tres Palmas, ¿saben donde quedan las Tres Palmas?, ¿no?, pues miren, yendo hacia Santa María de Guía, un poco antes de llegar al Cenobio de Valerón, en una de las curvas verán en lo alto a mano izquierda tres palmeras grandes, y una vereda que sube desde la carretera hacia la casa que se ve arriba, eso es, allí vive el cabrero al que le regalé la cachorra, igual se la vende, o se la regala, pues se la llevó por compromiso, me parece a mí, no la quería, pero se la llevó, díganle que van de mi parte.

Nos despedimos de Juan Santana Álamo y nos fuimos en busca de Las Tres Palmas, contentos, ilusionados, vamos a ver si el cabrero no quiere la cachorra y me la vende, o me la regala, le dije a Javier Cabrera Perera. Yo puedo hacer una cosa, me dijo Javier, según lo que diga le ofrezco un cachorro de Dobermann de la próxima camada que le vaya a sacar a Yuma -Yuma era una perra Dobermann-. Cuando llegamos a la altura de Las Tres Palmas aparcamos el vehículo (un Seat 600 propiedad de la novia de Javier) en un reducido espacio que había en el lado derecho de la carretera en dirección a Santa María de Guía, nos bajamos y ascendimos por la vereda que nos indicó Juan Santana. Al acercarnos a la casa del cabrero tres perros mestizos de Pastor Alemán que había por allí atados con cadenas se levantaron y se pusieron a ladrar desaforadamente hacia nosotros. Al momento salió una mujer de la casa, y de detrás de unos árboles próximos a la casa vino hacia nosotros el cabrero, nos saludamos y le dijimos que íbamos de parte de Juan Santana, de Bañaderos. El cabrero no sabía quién era Juan Santana, entonces le dije que Juan Santana era el que le había regalado una cachorra de presa. ¡¡Ah, sí, hombre, Juan, claro!!, esque yo lo conozco como Juan el marido de la maestra, la cachorra, sí, claro… -el cabrero pareció algo desconcertado-, pues miren, allí está detrás de aquellos matos, concretamente detrás del nisperero, está debajo de una sereta de tomates vacía -caja de pequeñas dimensiones confeccionada con láminas de madera y grapas metálicas-, ¡¡mira -gritó el cabrero a su mujer- enséñales la cachorra a los chicos, y si la quieren que se la lleven!!.

Vengan por aquí, dijo la mujer, vengan, que está allí, debajo de la sereta, como no la queremos, porque no nos hacen falta más perros, y no hace más que molestar y romperlo todo, la hemos puesto debajo de una sereta con una piedra encima para…, quítele la piedra, quítesela… La pobre cachorrita estaba famélica, deshidratada, descalcificada, ¿cuánto tiempo más hubiera seguido con vida? Cuando la cachorrita de presa se vio libre de sereta y piedra se fue corriendo como una exalación, desesperadita, en busca de algo, llegó hasta un barreño metálico con varios litros de suero del queso elaborado con la leche de las cabras y se metió dentro de él y no paró de beber hasta que se hinchó como un globo. La perrita era puro nérvio, leonada clara calzada de blanco, era preciosa, a mí me pareció preciosa, no me lo acababa de creer, una cachorra de presa, mía, ya tenía un macho y una hembra. Llévensela, dijo la mujer, que aquí no quiero más perros, para las cabras con tres tenemos, tengan en cuenta que tres perros comen mucho. Cuando nos íbamos a despedir (yo con la cachorra en brazos), se nos acercó el cabrero para desearnos suerte con la perrita, entonces Javier Cabrera le dijo que tenía un macho y una hembra de raza Dobermann, que si quería le llevaría un cachorro cuando tuviera una camada. El cabrero dijo que sí, que le haría mucha ilusión, porque esos perros estaban muy poco vistos.

A la cachorra le puse de nombre Piba. Piba comía siempre como una desesperada y gran cantidad de alimento, creció sin problemas, era listísima, muy vivaracha, muy cariñosa, y muy peleona. Boby y Piba La suerte ya estaba echada, iba a criar perros de presa -en aquél entonces nadie hablaba de Presa Canario, sino de perros de presa-. El virus de la enfermedad ya se había alojado en mis neuronas, y la enfermedad se llamaba presitis.

Luego, con el tiempo fui aceptando la evidencia, y era, como ya se me había dicho, que ya no quedaban perros de presa, de presa de verdad, todo lo más que había era algún que otro ejemplar sin casta aquí y allá producto de cruces muy recientes. Al poco tiempo empecé a criar con Boby y Piba, ilusionado, y con la absoluta convicción de que iba a producir presas de verdadera calidad. Luego empecé a plantearme la imperiosa necesidad de cruzar con alguna raza foránea de presa, ¿Bulldog Inglés?, y con Dogo Alemán, y con lo que fuera, con tal de llegar a criar perros semejantes a los del pasado, al de Salvadorito, al de Tafira.

No obstante lo expuesto, durante varios años seguí buscando por las distintas islas (excepto en La Palma) presas que pudieran servirme en mi proyecto de cría, pero nada, todo fue tiempo y dinero perdidos. Por abandono, el perro de presa canario antiguo se había extinguido ya. No quedaba más remedio que iniciar su reconstrucción.

Manuel Curtó Gracia

www.iremacurto.com